¡Chau Pato! ¡Sangran nuestros corazones! | Décima Sinfonía

¡Chau Pato! ¡Sangran nuestros corazones!

Corría 1997 cuando la radio en la que trabajábamos entró en crisis y ya no pudo pagar salarios. Con el ánimo de sobrevivir, cometí el peor error de mi vida económica y laboral: instalé una disquería. Suponía que por estar más o menos informado sobre el mundo de la música podía gestionar una relativamente selecta, que se especializara en conseguir figuritas difíciles y satisfacer un mercado que me parecía, en Bariloche estaba desatendido. Demoré dos años en aprender que para manejar un comercio hay que saber de cuentas y que traer hasta este rincón del mundo el último de Metallica en tiempo récord quedaba muy cool, pero no alcanzaba ni para comer. Al menos, yo no fui capaz de hacerlo.

Pero no todas fueron pálidas. Como para hacer honor al nombre que adoptaría una de sus bandas mucho tiempo más tarde, cada dos o tres meses comenzó a visitar la disquería un chabón que venía de Buenos Aires con la mochila cargada de discos. Hacía escala en Neuquén y después, se corría hasta Bariloche con material recién editado del sello NEMS. Por entonces, en la Argentina 1 dólar valía 1 peso y esa paridad mentirosa hacía posibles extravagancias de esta índole: el sello en cuestión editó en el país discos de bandas como Stratovarious, Blind Guardian, Rhapsody y otros elencos metaleros de Europa, que era muy difícil importar desde sus lugares de origen. El man emulaba la figura del antiguo viajante: recorría pueblos para vender mercadería. La suya era la música, pero nunca intentó colocar alguna banda que no me convenciera.

Con la sucesión de visitas, las charlas comenzaron a estirarse más allá de los aspectos estrictamente comerciales. Así supe que el muchacho viajero tenía su propia banda y que se llamaba Sauron. Los recuerdos se me confunden porque me parece que me dio en mano el primer disco de la banda en unos de sus viajes, pero ahora que busco información, las crónicas dicen que data de 2000, cuando yo cerré la disquería en 1999. Quizás fuera un EP. Como sea, recuerdo que Pato me contaba que había tomado el nombre de un personaje de Tolkien y que,  si bien lo suyo era el metal, su influencia más importante era su tío: José Larralde. Para les amigues chilenxs, aclaremos que se trata de una figura relevante del folklore argentino, en su faceta más campera. Pato hablaba de su obra con gran orgullo.

Cuento corto: después de cerrar la disquería, se interrumpió el contacto. Periódicamente, amigos en común me contaban de su vida durante alguna esporádica visita mía a Buenos Aires y así supe que para Sauron, las cosas iban bien, hasta que en un momento, le perdí el rastro.
Cuando irrumpió la pandemia, echó por la borda la concreción en Bariloche del Sin Fronteras Sur Fest, un cónclave metalero que prometía. Entre los números de fondo se destacaba Los Antiguos. Cuando faltaban un par de semanas para su concreción, un joven compañero del diario donde trabajo me confió sus expectativas de verla, entre muchísimas otras bandas de fuste. Para pispear, me asomé a los videos de Los Antiguos en YouTube y me sorprendió ver que su cantante era aquel chabón que 20 años antes, correteaba discos por las pocas disquerías que jugaban su suerte en Patagonia. Una voz inigualable, letras enigmáticas, sonido poderosísimo y una estampa de otros tiempos. Mi sorpresa fue mayúscula cuando poco después de la suspensión supe que el manager de la banda era un barilochense, cómplice también de los tiempos de los discos.

Con esa excusa -que el manager de Los Antiguos era barilochense- dibujé una nota para el diario donde trabajo. Hay que recordar que, desde marzo pasado, cronistas de Cultura y Espectáculos como el que firma, la tenemos difícil a la hora de reunir el material que nos piden nuestros empleadores, porque todo se suspende, todo se cae, todo se reprograma… La cuestión es que retomé el diálogo con Pato Sauron -así le decíamos nosotros-, 20 años después. Cuando terminó la entrevista, compartimos un par de recuerdos, afloró esa camaradería que ni el paso de siglos podría borrar y me dijo que sabía de mis libros. “Ya nos vamos a encontrar en la montaña”, prometió.

Estaba esperándote, Pato. Te estaba esperando para mostrarte un par de senderos que no conoce mucha gente y para confiarte el nombre de un par de estrellas en mapuzungun. Te esperaba para decirle a mi hijo con orgullo: él es el cantante de Los Antiguos, ¿ves que papá lo conoce? Te fuiste muy antes de tiempo, Pato, por la más malditas de las enfermedades huincas. ¡Qué tus aullidos hagan trizas la Tierra de Arriba y duelan los oídos, como duele nuestro corazón!

POR| Adrián Moyano | Foto D.P.