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Columnas

Enronquecer la garganta por la Patagonia Rebelde

Cien años atrás, los peones rurales que trabajaban en las estancias de Santa Cruz, volvían a la huelga. Otro tanto hacían los trabajadores de las principales localidades. Como respuesta, la Policía del Territorio Nacional, a las órdenes del gobierno de Hipólito Yrigoyen, allanó las sedes gremiales y detuvo a los referentes de la Federación Obrera, pero no se contentó con apalearlos y torturarlos, además, los deportó hacia Buenos Aires en buques de la Armada de la República Argentina. Cien años atrás, más o menos por estos días, puede decirse que empezó a tejerse la trama final de los sucesos que quedaron en la historia, primero como Patagonia Trágica. Luego, como Patagonia Rebelde.

Pero, ¿quedaron en la historia? Sobre el fusilamiento de los 1.500 peones rurales que habían osado marcarle la cancha al omnímodo poder patronal, se abatieron toneladas de argumentos falaces primero y décadas de silenciamiento luego. Fue después de la tan minuciosa como valiente labor de Osvaldo Bayer que la verdad de la auténtica masacre empezó a conocerse, a comienzos de la década de 1970, es decir, medio siglo después. Recién por entonces… Tiempo suficiente como para que los asesinos de trabajadores quedaran impunes, no sólo quienes apretaron los gatillos, sino también los que dieron las órdenes y, sobre todo, aquellos patrones que habían trabajado pacientemente para desencadenar la represión.

¿Todos y todas sabemos de qué habla esta columna? Por las dudas y sobre todos para les más jóvenes, vamos a recapitular: en 1920 se había desencadenado una huelga en las estepas santacruceñas. No era la primera y sus planteos eran más bien mínimos vistos desde hoy, pero los grandes estancieros, muchos de ellos británicos o fuertemente asociados a capitales de ese origen, advirtieron el peligro de la movilización. Tres años antes, había triunfado la primera revolución obrera en la vieja Rusia y nadie quería que en la Argentina sucediera otro tanto, aunque que la demanda de instrucciones en español para los botiquines y el sábado libre para lavar la ropa, poco se pareciera a un gobierno de los soviets. La región venía de conmoción en conmoción porque en 1919, los trabajadores del Frigorífico Bories, en Puerto Natales, habían levantado acalorados reclamos ante el aumento del costo de vida. La intensidad de la movilización fue tal que, por varios días, los trabajadores controlaron la ciudad y dieron lugar a la así llamada Comuna de Natales, una de las páginas más gloriosas en la historia de la clase obrera patagónica. Por entonces, la principal organización de la región era la Federación Obrera de Magallanes, a cuyo influjo se organizó la Sociedad Obrera de Río Gallegos. En el sur del sur, el internacionalismo proletario era una realidad porque, además, las fronteras entre Chile y la Argentina eran un invento relativamente reciente. En 1920, la Liga Patriótica en su versión chilena, junto con la participación de fuerzas de seguridad, incendiaron la sede de la FOM en Punta Arenas. Algunos de sus referentes se fugaron hacia la Argentina y recién caerían durante los sucesos que queremos instalar en las memorias más ardientes. Fue en ese contexto que la peonada santacruceña, integrada en su abrumadora mayoría por inmigrantes de Chiloé, se levantó para exigir satisfacción a sus demandas. Si bien el gobierno nacional envió a tropas del Ejército, en esa primera oportunidad, el coronel Héctor Varela, hombre de la Unión Cívica Radical, encontró razonables los pedidos proletarios y acercó a las partes hasta que se celebró un acuerdo. Fue su incumplimiento en cercanías de la siguiente zafra lanera el que motivó la renovada medida de los trabajadores, pero la detención y deportación de sus compañeros equivalió a echar nafta al fuego. Con la conducción del célebre Antonio “Gallego” Soto y otros referentes que adherían al anarquismo, peones comenzaron a recorrer 100 años atrás las estancias santacruceñas para convocar a la huelga, incautar armas y en caso de encontrarlos, tomar como rehenes a estancieros o encargados. Bajo la presión de los grandes capitalistas, Yrigoyen volvió a enviar tropas, en particular, hombres del Regimiento 10 de Caballería. Soldados del Ejército Argentino contra peones rurales, en su gran mayoría sólo armados con sus cuchillos de faena. Los diarios de Buenos Aires hablaban de bandidos, de saqueos, de violaciones de mujeres y otras falacias. Sólo El Trabajo, el periódico de la FOM, informó como pudo sobre la realidad de los acontecimientos. En “Sed y resistencia” consagraremos varias columnas al homenaje de la Patagonia Rebelde porque a ciertas historias hay que reescribirlas hasta que se borren las letras del teclado, hasta que se enronquezcan nuestras gargantas, de tanta bronca.

Por | Adrián Moyano| Foto D.P.

Eastwood: de “Harry el sucio” a “Cry Macho”

Si pudiera separarse a “Cry Macho” de la trayectoria de su autor, la crítica sería despiadada o peor aún, indiferente. En efecto, la película más reciente de Clint Eastwood hace agua por todas las bandas: salvo el protagonista -personificado por él mismo- el resto de actrices y actores no consigue convencer con sus trabajos. Quizá pueda decirse en su defensa, que el guion no parece demasiado feliz, aunque se trata del único desempeño que el viejo actor y director delegó en otra gente. Incluso es el productor ejecutivo de “Cry Macho”, es decir, pateó el córner y fue a cabecear al centro en el área, si se me permite jerga futbolera.

Pero la película invita a ver más allá de aspectos meramente cinematográficos. Eastwood cuenta ya con 91 años, entonces, es más que probable que la concibiera como su última andanza, tanto detrás como delante de la cámara. Quienes estamos al borde de los 60 pirulos, quizá nos topáramos por primera vez con su estampa de hombre duro en una de cowboys, hace muchos años, pero el que firma no puede dejar de recordar el impacto que tuvo en los 70 la saga de “Harry el sucio”. Más allá de su trama violenta, aquel era un policía que hacía honor a su nombre y para decirlo con suavidad, utilizaba métodos no del todo convencionales para lograr su cometido. No es para nada casualidad que su éxito en las taquillas argentinas coincidiera a grandes rasgos con la Triple A primero y con la represión ilegal que puso en práctica la última dictadura, es decir, con el Terrorismo de Estado. Si el cowboy Eastwood podía apartarse de la ley, por qué no los grupos de tareas que decían combatir a la subversión apátrida…

En cuanto a su labor como director, el que firma recién paró la oreja ante un hecho muy inusual y tal vez único en la historia de la cinematografía estadounidense: en “Cartas desde Iwo Jima”, Eastwood se puso del lado japonés en una de las batallas más emblemáticas de la Segunda Guerra Mundial. Si bien no deja de ser “una de guerra”, hizo aquello que decenas o quizá centenares de películas hollywoodenses habían obviado: consideraron la humanidad de los soldados japoneses. Su arriesgada visión se complementó con “Flags of our fathers”, contrapartida que se detiene en la vida de aquellos marines que, según nos habían contado en otra multitud de películas y libros, habían levantado la enseña de las barras y las estrellas en las alturas de la desolada isla del Pacífico. En particular, recuerdo las desventuras de un nativo americano, que después del fulgor de la fama, cae en la depresión y el alcoholismo.

Muchos años después, gracias a un tema que compuso Peter La Farge, supe que se trataba de Ira Hayes, integrante del pueblo pima, una de las primeras naciones de Arizona. El tema de La Farge se tituló “La balada de Ira Hayes” y no le creas a Wikipedia: no fue Pete Seeger su autor. Según se dice, fue el primer tema del folk estadounidense que abordó temática indígena en llegar a la radio. Hay versiones de Johny Cash y del mismísimo Bob Dylan, pero cierto que la columna hablaba del viejo Eastwood…

Como director, había comenzado a cuestionar la imagen que durante tanto tiempo había proyectado, con “Gran Torino”. En su trama, un estadounidense estereotipado, maduro y gruñón, ve trastornada su rígida cotidianeidad al instalarse en la casa de al lado, una familia inmigrante de origen hmong, una etnia oriental. Veterano de la Guerra de Corea, el personaje de Eastwood sorprende a unos de sus jóvenes vecinos mientras intentaba robarle su preciado auto. El muchachito trataba de hacerse del vehículo para congraciarse con la patota juvenil que asolaba el barrio. Lejos de reaccionar como era previsible, el viejo Walt no sólo comienza a ayudar al ladronzuelo, hace otro tanto con su hermana, todavía adolescente.

Las tres que mencioné fueron grandes películas, aunque su director conoció el Oscar gracias a otros títulos. En cambio, “Cry Macho” patina por todos lados, aunque vale por sus convicciones. El tipo al que todas y todos recordaremos como un cowboy cuando se muera, se dio el lujo de poner en boca de su personaje que no tiene nada de atractivo dejarse embestir por toros y derribar por caballos. También proclama que no tiene nada de varonil tragarse lágrimas y morfarse las emociones. Y no puede pasarse por alto que buena parte del elenco involucre a mexicanos y mexicanas, gente todavía estigmatizada en su país. Así es, cofrades. No muchos repararán en “Cry Macho” cuando se escriba la historia cinematográfica de Clint Eastwood. Quizá sólo la tengan en cuenta aquellos y aquellas que valoren la deconstrucción personal como otra manera de dar pelea. Tal vez, la forma más importante de darla.

Por | Adrián Moyano| Foto D.P.

Pronunciar y silbar Patricio Manns al este de la cordillera

Ya conté en otra columna que 24 años atrás, más o menos, cometí el error de poner una disquería a unos pasos del centro de Bariloche. No contento con el dislate, en algún momento sumé libros, para ver si prosperaba el negocio. También mencioné el rotundo fracaso comercial de mi emprendimiento porque para manejar un comercio, no alcanza con saber algo de música y otro tanto de literatura, hay que conocer de números y de esa faceta central, yo no cazaba un fulbo. Pero no todas fueron pálidas. Un buen día, ya no recuerdo cómo, apareció en el stock de libros “El corazón a contraluz”.

Como no entraba mucha gente al local, tenía tiempo de leer y así fue como me sumergí en sus páginas. Por mi parte, todavía no había publicado ningún libro pero ya tenía la intención y no pude menos que sentir una profunda envidia. El primer capítulo de la novela es una obra de arte en sí misma, lo leí dos veces antes de lanzarme a devorar el resto de la trama. ¡No se puede escribir así!, pensaba, con atónita admiración y deslumbramiento. Creo que ese fue mi primer contacto con la tarea literaria de Patricio Manns. Felizmente, compró el único ejemplar que había llegado una gran amiga, muy conocedora de cultura chilena, y no tuve el menor empacho en pedírselo prestado, una vez que ella lo finalizó. Por entonces, no sabía nada de historia de Tierra del Fuego y con “El corazón a contraluz”, Manns consiguió como novelista aquello que los historiadores rara vez logran: que la gente se interesa por un pasado trágico, duro, que poco tiene de enaltecedor. Su protagonista es Julio Popper, un personaje tan nefasto como enigmático y una mujer que cumplía entre los selk´nam el mismo rol que una machi entre los mapuche… No añado nada más por si te da por leerlo porque ahora que su autor se fue, seguro se reeditan sus trabajos, inclusive en la Argentina. Pero un recuerdo más: fascinado como estaba con ese primer capítulo, una vez lo leí en voz alta en una playa de Las Grutas. Tan absorto que el Golfo de San Matías se convirtió en el canal de Beagle y el viento que venía de la estepa rionegrina llegaba en realidad de las montañas fueguinas. Cuando llegué al final, levanté la mirada y todos los que estaban cerca habían prestados atención, inclusive gente desconocida. La magia de Manns se había escapado de las páginas.
No me pasó lo mismo con “El lento silbido de los sables”, novela más reciente. Como transcurre en la Araucanía en la época final de la ocupación, quizá no me sorprendió porque a fin de cuentas, algo conozco del tema y además, me pareció que el autor que ya empezamos a extrañar, echó mano a recursos que a esa altura de su trayectoria, podían considerarse clichés. Pero bueno, la intensidad de los destellos no puede ser uniforme para siempre.
Del lado de la música, la primera versión rock con la que Manns entró en la banda sonora de nuestras vidas, corrió por cuenta de Miserables. Está en “Cambian los payasos pero el circo sigue”, un disco de 1995 o 1996, se llama “Llegó volando” y a pesar de los años, tiene tanta pero tanta vigencia que espeluzna. Y Manns lo hizo de nuevo: ¿cuántos y cuántas fuimos de este lado de la cordillera, los que quisimos averiguar quién fue Manuel Rodríguez después de escuchar “El cautivo de Til Til? A les amigues puertomontinos hay que aclararles que ni en la Primaria, ni en la Secundaria ni en la universidad, escuchamos jamás nada de aquel que después de Cancha Rayada, bramó “¡aún hay patria, ciudadanos!” Apenas si nos contaron de O’Higgins como segundo de San Martín y nada que pudiera eclipsar a la figura del libertador. Nadie nos contó del “húsar de la muerte” y recién paramos la oreja, ya grandecitos, cuando nos preguntamos por qué el Frente Patriótico había elegido su nombre para identificarse. Y hasta resulta que había una canción…

El que firma venía silbando una vez “El cautivo de Til Til” por las calles de Comodoro Rivadavia y su amigo, el poeta Jorge Spíndola, le dijo: “escuchá Arriba en la cordillera, es la historia de mi abuelo”. Una pluma de fuego reverencia a otra incandescente: “Que sabes de cordilleras / si tu naciste tan lejos hay que conocer la piedra / que corona al ventisquero. / Hay que recorrer callado / los atajos del silencio”. Así eran la escritura y la música de Patricio Manns, certeros como directos a la mandíbula: deslumbrantes “como el rayo de la libertad”.  

Por | Adrián Moyano| Foto D.P.

¿Será transgénico el pan nuestro de cada día?

Parece que la costumbre data de 1529. Ese año, Viena sufrió un largo asedio por parte de ejércitos turcos y para levantar el ánimo de la población, los panaderos de la actual capital austríaca copiaron la media luna que ondeaban en los pabellones de los campamentos enemigos y la moldearon en sus hornos. Luego, para divertirse y provocar al adversario, los vieneses se asomaban a las murallas de la ciudad y a la vista de los soldados turcos, mordisqueaban y masticaban su símbolo sagrado. Gente musulmana, los sitiadores interpretaban esa burla como una blasfemia.

Se dice que parte de esa intención blasfema fue retomada por los panaderos argentinos de fines del siglo XIX. A su paso por aquí, Errico Malatesta había ayudado a organizar su sindicato, de clara orientación anarquista. De este lado de la cordillera, se denominan “facturas” a productos reposteros de sabor generalmente dulce, que se hornean a partir de una mezcla de harina, levadura y manteca. Las “facturas” suelen acompañar el desayuno de millones de argentinos y argentinas e inclusive, el café de media mañana. Algunas de ellas son de origen europeo, pero por aquí adquirieron otras formas y apodos tan provocadores como aquel de la guerra entre turcos y austrohúngaros. Que se llamen “cañones”, “bombas”, “vigilantes”, “bolas de fraile”, “suspiro de monja” o “sacramentos” es responsabilidad anarquista, para escarnio respectivo de militares, policías y miembros de la Iglesia. No hay pruebas, pero para el investigador Christian Ferrer, tampoco dudas: “el vínculo entre palabra y comida parece haber sido suturado con hilo de coser ideológico”, afirma. En efecto, en la Regional Argentina, “el sindicato de panaderos fue conducido por dirigentes anarquistas durante varias décadas”, refuerza Ferrer. Prácticamente hasta los años 30.

El trigo fue introducido al continente que conocemos como América a partir de las invasiones españolas. Pero su adopción por parte de los pueblos indígenas es tan antigua, que el muday mapuche, componente central de las ceremonias al menos en Puelmapu, acostumbra a hacerse con una variante del trigo. Se trata de una bebida que fermentada alcanza una pequeña graduación alcohólica, pero más allá de beberse en ocasiones puntuales, buena parte del muday que se hace suele terminar derramado sobre el rewe o sus cercanías, como gesto de reciprocidad hacia el Mapu y sus newen.

Ajeno a toda consideración histórica o ritual, el gobierno de Alberto Fernández aprobó hace casi un año, el cultivo y acopio de trigo transgénico HB4, que desarrolló la empresa Bioceres en sociedad con la trasnacional francesa Florimond Desprez. Si bien todavía no se aprobó su comercialización, la Agencia de Noticias Tierra Viva informó en agosto último que en 2020 se sembraron seis mil hectáreas de trigo genéticamente modificado y se cosecharon 17 mil toneladas. En 2021 se volvió a sembrar en las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, La Pampa y Santiago del Estero.

En llamativa contradicción con el concepto de soberanía alimentaria que la gestión derrotada en las PASO esgrimió durante el affaire que envolvió al conglomerado Vicentín, la comercialización del trigo transgénico depende del gobierno brasileño. En su última reunión, la Comisión Técnica Nacional de Bioseguridad de ese país no trató la solicitud de Bioceres, a la espera de más información. Si Brasil aprueba transacciones comerciales de trigo transgénico, otro tanto sucederá en la Argentina.

Su introducción es un desastre, porque es imposible que no contamine al resto del trigo. Ya se pronunciaron especialistas del ámbito científico, organizaciones sociales e inclusive, la Federación de Centros y Entidades Gremiales de Acopiadores de Cereales. También se presentaron demandas en juzgados federales y provinciales.

El tema es de incumbencia de todos y todas. ¿Vamos a dejar que se metan con el pan? ¿El muday de los llellipun mapuche será transgénico? ¿Comenzaremos a deglutir con cierto asco las “facturas” que todavía hoy llevan la marca registrada de aquellos panaderos anarquistas? Una de las piedras angulares del pensamiento ácrata fue aporte del ruso Piotr Kropotkin y se llamó precisamente, “La conquista del pan”. Aquellos y aquellas, que cada 7 de agosto piden a San Cayetano “paz, pan y trabajo”, ¿deberán aclarar que transgénico mejor no? Sabemos que, en materia de organismos genéticamente modificados, no hay grieta en la Argentina. La pelota está de nuestro lado, cofrades. O, mejor dicho, el pan en nuestros hornos. Todavía.

Por | Adrián Moyano| Foto D.P.

Para convertirse en leyenda, primero hay que hacer historia

Aunque sepamos poco y nada de historia griega, es muy probable que alguna vez nos hayamos cruzado con narraciones sobre la Batalla de las Termópilas. En mi caso, supongo que la primera fue cuando en los “Sábados de Súper Acción” de la televisión de Buenos Aires, proyectaban “El León de Esparta”, una película estadounidense de 1962. Más recientemente, hubo otra versión más espectacular que se tituló simplemente “300”, se estrenó en 2007 y tuvo gran repercusión porque además de recrear el acontecimiento, se valió de tecnologías que, por entonces, eran nuevas para la industria del cine.
Más allá de las reconstrucciones fílmicas, el hecho existió y tuvo lugar hace muchísimo tiempo: año 480 antes de Cristo. A grandes rasgos, la versión que llegó hasta nuestros días, afirma que un enorme ejército persa se dirigió hacia las geografías griegas de la actualidad, al mando del emperador Jerjes. La movilización tomó a los griegos un tanto por sorpresa y, además, Grecia estaba lejos de ser una nación que se organizaba al estilo de los Estados modernos, más bien era una confederación de ciudades, cada una con sus formas de autogobierno. La respuesta militar demoró en efectivizarse y en ese contexto, fue que nació la leyenda.
Para dar tiempo al resto de las fuerzas griegas a reunirse, el rey espartano Leónidas, aceptó la idea de bloquear el cruce de los persas en el Desfiladero de las Termópilas, un sitio donde precisamente, el paso se estrechaba considerablemente. Junto con 300 de los suyos, guerreros especializadísimos, se apostó y aguardó la llegada de los invasores. Fuentes históricas contemporáneas aseguran que la oposición griega se nutrió de muchos guerreros más, pero estas palabras no tienen como objeto esclarecer circunstancias, sino destacar una actitud.
Según Heródoto -considerado Padre de la Historia en Occidente- las tropas agresoras se conformaban con dos millones y medio de efectivos. Otras fuentes hablan de cuatro millones y unas más, de 800 mil. Investigadores del presente ponen en duda tamaña magnitud, pero como sea, es el gesto legendario de Leónidas el que debería conmovernos. Otra vez Heródoto, afirma que uno de los soldados bajo su mando quiso amedrentar al jefe guerrero e insinuar una pronta retirada. Dijo que los arqueros persas eran tantos, que cuando disparaban, sus flechas, se oscurecía el Sol. Lejos de amilanarse, Leónidas respondió, palabras más, palabras menos: “Mejor, lucharemos a la sombra”.
Quizá no haga falta irse tan atrás y tan lejos para traer hasta el presente ejemplos de desafío en situaciones de inferioridad o momentánea derrota. En la historia de Galvarino también se confunden narración y leyenda, pero a su actitud la documentaron varios cronistas españoles, no sólo la memoria oral mapuche. El peñi cayó prisionero en la batalla de Lagunillas y aquellos que traían la salvación para los salvajes, cortaron una de sus manos para aleccionar al resto de los weichafe. El mutilado ofreció la otra para que entendieran que seguiría combatiendo y aún después, puso a disposición del verdugo su cabeza. Entre burlas, los soldados de su majestad católica dejaron que se fuera. ¡Cuál no sería su sorpresa al observar que Galvarino retornó al combate y entre los suyos, arengaba a los demás guerreros!
Un ejemplo más, ya que estamos en la semana del 18 (de septiembre) en Chile. En marzo de 1818, el ejército al mando de San Martín sufrió una humillante derrota en Cancha Rayada. En Santiago, poco se sabía sobre la suerte corrida e inclusive, no sólo se especulaba con la muerte del correntino sino también con la de Bernardo O’Higgins. No faltaron quienes pensaron en mandarse a mudar e inclusive, pasarse de bando. En otro caso en el cual se mezclan la leyenda y la historia, dícese que el precisamente legendario Manuel Rodríguez, cabalgó por las calles de la ciudad al grito de “aún tenemos patria, ¡ciudadanos!” Por entonces, patria significaba revolución, no fascismo. Y proclamarse ciudadanos o ciudadanas, subversión ante la condición de súbditos de un rey.
Puede haber matices, pero creemos que nadie, ni en el equipo ni en la audiencia de “Sed y resistencia”, debió alegrarse ante el triunfo electoral de la derecha neoliberal en las elecciones argentinas del domingo último. Cada una o uno sabrá de qué manera alimentar el fuego que ardió en Leónidas, Galvarino o Manuel Rodríguez. Los griegos finalmente echaron a los persas de su territorio, los mapuche equipararon la cuenta en 1598 y los maturrangos se batieron en retirada, poco días después de Cancha Rayada. ¿Cómo desfallecer por tan poca cosa como unas primarias de resultado desalentador? Mientras la ternura y la imaginación, estén de nuestro lado, no hay nada que temer. ¡Hagamos historia, seamos leyenda!

Por | Adrián Moyano| Foto D.P.

Thoreau siempre está ahí

No puedo precisar cuándo supe de la existencia de Henry David Thoreau por vez primera. Quizá fuera en los tiempos de “El Expreso Imaginario”, mítica publicación que jalonó tramos de los 70 y que significó un refugio a la vez que un estallido de sensibilidades, para quienes fuimos adolescentes durante la última dictadura. O tal vez dos décadas más tarde, cuando cayeron en mis manos algunos ejemplares de “La letra A”, fanzine no menos mítico, aunque de menor circulación y de clara identificación anarquista. En cambio, sí puede precisar cuál fue la irrupción de Thoreau más reciente: se produjo al leer la reseña que sobre la película “Leave no trace” (“Sin rastro”), escribió el crítico Juan Pablo Cinelli para el diario capitalino Página/12. La película data de 2018 pero llegó a Netflix recientemente y al reseñarla, el especialista la emparentó sin dudar: “En los Estados Unidos existe una larga tradición de opción por la vida silvestre, que tiene su antecedente más notable en la figura del pensador y escritor Henry David Thoreau, nombre clave de la literatura de ese país, en especial en el más conocido de sus trabajos. ‘Walden, o la vida en los bosques’ es un libro con un aura mítica, en el que el autor narra su propia experiencia viviendo más de dos años aislado de la civilización, en una cabaña construida por él mismo a orillas de un lago”. El film es de Debra Granik y después de leer la crítica corrí a verla, porque precisamente, Thoreau ocupa un lugar de privilegio en mi panteón. Eso fue hace unas dos o tres semanas y si bien no recuerdo que padre e hija protagonistas mencionaran explícitamente a Thoreau en la trama, es obvio que su actitud se corresponde. En cambio, sí hay una invocación directa en “Mi abandono”, la novela del escritor Peter Rock que inspiró la película. Antes de arrancar la trama, hay una cita: “Es notable cuántas criaturas viven libres y salvajes en secreto en los bosques, pero se alimentan en los alrededores de los pueblos bajo la sola sospecha de los cazadores”.

Me sorprendí gratamente al encontrar el libro en una librería de Bariloche, publicación del sello argentino Ediciones Godot. Supongo que el título debe inspirarse en este pensamiento de Caroline, la chica protagonista: “Si una avanza confiada en dirección de sus sueños, encontrará un éxito inesperado en horas ordinarias. Atravesará un límite invisible. No olviden esto. No olviden que el pensamiento puede interponerse. Olviden olvidar. Buscamos olvidarnos de nosotros mismos, sorprendernos y hacer cosas sin saber cómo ni por qué. El camino de la vida es maravilloso. Se hace de abandono”.

Llama la atención que Thoreau se las arregle para permanecer entre nosotros y nosotras, si se tiene en cuenta que murió en 1862. No es el único, pero no hay tantos personajes del siglo XIX que periódicamente, irrumpan en la cultura popular, en particular, la que cultivan aquellos y aquellas que tiene algún rincón iconoclasta en sus pensamientos o emociones. Antes de aquella reseña, me había hecho de “Thoreau, el salvaje”, libro que lleva la firma del filósofo post anarquista Michel Onfray, también en la Argentina gracias a Ediciones Godot. El francés rescata a Thoreau en sus múltiples facetas, entre ellas, la de lector desaforado y también crítico, pero subraya la coherencia entre pensamiento y práctica: “No tiene sentido, para este hombre que critica libros -escribió Onfray- renunciar a ellos, pero tampoco tiene sentido contentarse sólo con ellos: él quiere también y sobre todo, en principio, el contacto con la naturaleza, la experimentación y la presencia del mundo, la activación sensual y sensorial: mirar, contemplar, observar, escrutar, percibir, oír, escuchar, tocar, palpar, degustar, rozar, sentir, oler, aspirar, respirar, probar”.

No, en la nómina no figura el verbo consumir.

Antiesclavista y pregonero de la desobediencia civil cuando su país inició una guerra de agresión contra México, Thoreau también se mostró admirador de las culturas indígenas, aunque no alcanzó a dimensionar la trama colonialista que se desplegaba frente a sus ojos. Hay una pregunta que se formula casi sola: ¿Cuál sería la actitud Thoreau en 2021? Aislarse para vivir dentro de la naturaleza es cada vez menos posible, porque como plantea “Sin rastro”, el Estado puede hasta perseguirte si elegís ese camino. Pero seguramente, Thoreau no dependería de múltiples pantallas, renegaría de los mandatos tecnológicos y se sustraería a los imperativos de las redes sociales, entre otras expresiones de autonomía. No obstante, no hay que perder de vista que la suya fue una rebelión individual, ante el avance del capitalismo en sus primeras versiones. Hoy, no hay chance de resistir, si no es en forma colectiva, pero el autor de “Walden” no se desesperó ante correlaciones de fuerzas adversas: “Cualquier hombre que sea más justo que sus vecinos, constituye ya una mayoría de uno”, proclamó. ¡Como no llevarlo en el tuétano!

Por Adrián Moyano.

Una trompada histórica, La Renga y el aguante del “maldito rock”

La columna iba a versar sobre cualquier otra cosa, pero un video aterrizó en mi celular. No tiene ni por asomo calidad profesional, es un registro más que aficionado y, además, después de hacer cuentas, constatamos que, por entonces, existían los celulares, pero sólo como teléfonos móviles, todavía no tenían capacidad de filmar. El que filmó ni siquiera tomó la precaución de cantar lejos del dispositivo que fuera y su voz se escucha más nítida que la del Chizzo. La imagen está tomada desde arriba del escenario y lo único que se advierte con total claridad son las aguas del Nahuel Huapi más, algunos de sus contornos montañosos. El que filmó no pudo ceder a la tentación y por momentos, pareciera que se dio al pogo. Sobre un rincón del precario escenario, flamea una orgullosa wenufoye. En otro de sus rincones, la bandera mapuche-tehuelche que, sobre todo, identifica a las comunidades de Chubut y Santa Cruz. Salvo por instantes, la música se adivina más que escucharse, pero como la muchachada canta, la letra es inconfundible: “¡Hola a todos! ¡Yo soy el león!, / rugió la bestia en medio de la avenida, / todos corrieron, sin entender, / panic show a plena luz del día”. Es La Renga en el playón de Puerto San Carlos, es La Renga el 1ro de septiembre de 2005, es La Renga en Bariloche, 10 años después de que nuestro compañero Alfredo Chávez, le llenara la cara de dedos a Alfredo Astiz, símbolo del Terrorismo de Estado en la Argentina.

Sobre todo para les amigues puertomontinxs y para la purretada que nos pueda escuchar del lado argentino, quizás haga falta recordar un par de cosas.

El 1ro de septiembre de 1995, falté a la radio donde trabajaba porque andaba con gripe, pero la tenía sintonizada de temprano. En un momento, Carlos Bonilla, el conductor del programa, empezó a hablar en clave. Mencionaba un reporte del “francotirador del lago Berioshka” o algo así. Si bien al principio no entendí nada, supe que había pasado algo importante. Se sabía que el “ángel rubio de la muerte” andaba por casa porque todos los años venía a participar de un torneo para tropas de élite en el cerro Otto. Por entonces, los represores se paseaban impunemente por todos lados. Hasta recuerdo que compartí colectivo con Albano Harguindeguy unos años antes, todavía en Buenos Aires. Incluso, había gente que saludaba al ex ministro del Interior de la dictadura. Acá, fue distinta la cosa y a media mañana se develó la incógnita: un vecino había enfrentado al capitán de navío Astiz en la parada del Monolito, en el kilómetro 1 de la Avenida Bustillo, mientras el asesino de monjas esperaba el colectivo para ir de excursión. El guardabosques del Bosque Municipal Llao Llao había pasado con su camioneta hacia el centro, lo vio, no lo pudo creer y volvió. Se bajó y le preguntó: “¿vos sos Alfredo Astiz? Sí, ¿y vos quién sos? El que te va a recagar a trompadas”, respondió.

Par de días después conocí a Alfredo Cháves porque aquella radio -FM Mascaró- se convirtió en una suerte de base de operaciones. Lo llamaban de todos lados y por entonces, no sólo no había telefonía celular en Bariloche, ni siquiera abundaban los fijos. El asunto pasó en pleno menemismo. Año tras año por bastante tiempo, se conmemoró “la piña de Chávez” a instancias de un grupo de nombre glorioso: Autoconvocados Lo Emboqué Justo en la Trompa. ¿Cuántas veces vino La Renga a tocar gratis para celebrar la golpiza? Varios años después, cuando se produjo una tragedia de montaña en Bariloche, también un 1ro de septiembre, festejar perdió sentido.

Por estos días se cumplen 26 años de la pequeña revancha y pienso que Bariloche tiene fama de ciudad nazi. Bien ganada, por cierto, como queda en evidencia periódicamente. Pero también fue acá, en plena vigencia de las leyes de Punto Final, Obediencia Debida y los indultos, cuando se puso por primera vez un límite callejero a la impunidad. Hoy, 26 años después de aquel arrebato heroico, Alfredo Chávez es el pilar de La Vox Radio 100.1, la misma frecuencia que supo usar la gloriosa FM Mascaró.

La Renga -banda emblemática del rock argentino, si es que quedan- siempre fue de la partida. Tocó gratis para la gente y en solidaridad con aquellos puñetazos vindicadores. El video que disparó esta columna es un testimonio entrañable de la última vez que se armó la fiesta. El Poder Judicial falló la primera condena a cadena perpetua para Astiz en 2011 pero el pueblo empezó a hacer justicia acá, en Bariloche, 16 años antes porque hubo uno de nosotros que prefirió “la rebelión a vivir padeciendo”. Y allí estuvo “el rock, el maldito rock” para hacer el aguante.

Por Adrián Moyano.

Cuando la matria es el País de la Lluvia

El poeta oriundo de Chiloé, Sergio Mansilla, arranca unos de sus libros con un reconocimiento hacia un escritor que nos marcó a les sedientes y resistentes, cuando lo leímos tres o cuatro décadas atrás. Dice Mansilla: “Debo a Henry Miller este pensamiento: Soy un patriota de Changüitad y de Curaco de Vélez, Chiloé, donde me crie. El resto de Chile no existe para mí, excepto como idea, o historia o literatura”. Añade el escritor, docente universitario e investigador, que el pensamiento de Miller que inspiró el suyo está en “Primavera negra” y que se refiere a Fourteenth Ward, Brooklyn.

El que firma se siente particularmente identificado con las dos sentencias, la de Mansilla y la de Miller, aunque en sentido inverso. El nacido en Changüitad reside hace décadas en Valdivia y siente un particular desgarro al tener que vivir lejos de su tuwün, como diríamos en mapudungun, a tal punto que la línea que sigue, dice: “En mis sueños regreso a esa comarca de la isla de Quinchao, igual que un paranoico vuelve a sus obsesiones. Porque lo que es inmutable es el dolor de la separación, y este dolor sigue vivo después de que el cuerpo es enterrado”.

En mi caso, salvo lazos familiares cada vez más reducidos, nada me vincula con Buenos Aires, donde nací. Si tuviera que parafrasear a la dupla Mansilla-Miller, diría que mi patria es el territorio del Nahuel Huapi, adonde llegué algo más de 30 años atrás. El resto de la Argentina no existe para mí, salvo como idea, o historia o literatura. Pero el antiguo dominio de aquellos que “por su valentía se llaman tigres”, es una suerte de pago chico.

No soy poeta, pero a veces, me da por escribir cosas que llamo textos poéticos. Hago la salvedad porque precisamente, poesías son las que escriben personas como Mansilla, Jorge Spíndola, Rosabetty Muñoz, Viviana Ayilef, Cristian Aliaga, Carolyn Riquelme, Liliana Campazzo, David Añiñir y un largo etcétera, a uno y otro lado de la querida cordillera. Tengo pendiente un texto poético, decía, al que quisiera titular País de la Lluvia. Sus límites no fueron fijados por el fuckin’ perito Moreno o sus colegas trasandinos, sino por la naturaleza: a nadie escapa que cuando llueve o nieva en Bariloche, también llueve en Puerto Montt, en Osorno y en Valdivia. Cuando la lluvia golpetea techos en Los Lagos o en La Unión, hace otro tanto en Villa La Angostura o San Martín de los Andes. Cuando el viento se estrella contra las ventanas en Pucatrihue o Maicolpué, en minutos zumbará entre los coihues de las montañas hasta abrirse paso en la estepa neuquina, rionegrina o chubutense.

Una vez vi con claridad los límites del País de la Lluvia. La tarde anterior, Anahí Mariluan había tocado en Villarrica, en la apertura de “Tuwün”, la muestra de cine indígena que organizaba el realizador Gerardo Berrocal. Pernoctamos en Coñaripe, en la zona lacustre de la Araucanía y cuando emprendimos el regreso al Puelmapu, empezó a llover tenuemente, de manera que no pudimos saludar el gran Ruka Pillan -el volcán Villarrica- a nuestro paso por la ciudad del mismo nombre y Pucón. Después de atravesar Curarrehue, ya podíamos tocar las nubes con las manos y las montañas se ocultaban detrás del gris húmedo. Antes de llegar al puesto fronterizo del lado chileno, el agua se convirtió en nieve y los pehuenes ya acusaban algunas blancuras. Demoramos intencionadamente el cruce burocrático mientras apurábamos un par de sándwiches que llevábamos, para estirar esa sensación memorable: montaña, bosque, nieve, ruta… Transitar por el paso Mamül Malal en esa ocasión resultó emotivo, pero todavía faltaba para llegar a casa. Como la nevada no era intensa, retornamos por la sinuosa Ruta de los Siete Lagos, que precisamente, une San Martín de los Andes con Villa La Angostura y luego Bariloche.

Fue en esa ocasión donde advertí el límite del País de la Lluvia: quedaba todavía un tranco para dar con la ruta 237 cuando en el cielo, vi como la tormenta finalizaba con llamativa claridad geométrica con una línea diagonal que, a grandes rasgos, me pareció que seguía el curso sudoeste-noreste del río Limay. Vi en el Wenu Mapu, los contornos del País de la Lluvia. Entonces, me reconozco tributario de Sergio Mansilla y de Henry Miller, pero en otra dirección. Soy un patriota del Nawel Wapi Mapu y ciudadano del País de la Lluvia, donde no me crie, pero volví. El resto de la Argentina -y de Chile- no existen, excepto como idea, o historia o literatura. Patriota, aunque me siente mejor el concepto de matria y siempre, internacionalista.

Por| Adrián Moyano | Foto D.P.

La historia apache que “El Gran Chaparral” no te contó

En los 70 ganaba la pantalla chica de Buenos Aires y otras ciudades, una serie que convocaba al piberío y no tanto: “El Gran Chaparral”. En la ficción, respondía a ese nombre un rancho cuya propiedad era de la familia Cannon, cuyo jefe era John. Estaba asentado en un paisaje árido, polvoriento y arenoso que no trataba del todo bien al ganado. Aclaremos que, en este caso, “rancho” significa estancia o fundo, no mísera vivienda rural… John tenía como esposa a Victoria Montoya, hija de un poderoso hacendado, vecino y mexicano. Niño como era cuando me instalaba frente al televisor familiar en blanco y negro, la clase social a la que pertenecían los héroes de la trama no aparecía como dato principal, pero estaba clarísima: estancieros, los primeros beneficiarios de la usurpación del territorio indígena… No puedo afirmar que deba a la serie la primera referencia sobre la existencia de los apaches, pero por ahí debe andar.

No da buscar en YouTube y puede que apelar solamente a la memoria provoque errores, pero los Cannon interactuaron en un par de oportunidades con Cochise y con Victorio. Hoy, cuando estoy más cerca de los 60 pirulos que de los 50, sé que, junto con Mangas Coloradas, fueron los tres jefes más prestigiosos entre los apaches. Sí, adivino la pregunta: ¿y Jerónimo? El último es el más famosos entre los guerreros de su pueblo y dije bien, porque, aunque en los últimos momentos de libertad no le quedó otra que asumir liderazgo político, Goyathlay -su verdadero nombre- era en verdad un gran luchador y tenía conocimientos medicinales. Pero líderes con todas las letras, fueron sus predecesores.

La trama de “El Gran Chaparral” transcurría en un ambiente desértico de Arizona, precisamente uno de los distritos estadounidenses que se asentó sobre territorio apache y de otros pueblos. En más de una oportunidad, el “rancho” tuvo que fortificarse para repeler los ataques de los “indios”, que obviamente, eran los sempiternos malos de la película. Está de más decir que siempre, siempre, los Cannon y los Montoya se las ingeniaban para rechazar las incursiones de sus incómodos vecinos, aunque en la realidad, los guerreros apaches figuran entre los más aguerridos de la historia indígena. Con ellos pasó algo parecido a la resistencia mapuche: recién pudieron ponerla contra las cuerdas, cuando los ejércitos mexicano y estadounidense actuaron de común acuerdo. Por aquí, los ejércitos chileno y argentino hicieron otro tanto, en fechas llamativamente coincidentes.

Cochise murió a causa de una cruel enfermedad en 1874. En “El Gran Chaparral” nunca contaron el episodio que motivó su invencible rebeldía. La serie tampoco ventiló jamás que aquél, cuyos guerreros en la ficción no eran capaz de tomar un “rancho”, fue capaz de mantener a raya a un ejército de tres mil paramilitares estadounidenses, sólo con 500 de los suyos. Su suegro, Mangas Coloradas, perdió la vida después de caer en uno de los tantos engaños que jalonaron la relación entre indígenas y oficiales estadounidenses, desde 1850 en adelante. Asesinado por sus captores, un antecesor de Francisco Moreno se apoderó de su cráneo e hizo cosas indecibles que no voy a contar, porque “Sed y resistencia” sale al aire en horarios que pueden coincidir con la cena…

Victorio fue otro bravo entre bravos. Después de combatir tanto a mexicanos como a estadounidenses, después de cabalgar junto a Cochise y Mangas Coloradas, probó vivir en la infecta reserva de San Carlos, considerada el peor lugar del mundo por los apaches. Obviamente, cuando tuvo la oportunidad se fugó y retomó la senda de la insurrección. Victorio cayó a manos del ejército mexicano en un lugar llamado Tres Castillos. Después de agotar sus municiones, perdieron la vida 62 guerreros, 16 mujeres, niños y niñas. Ningún hombre adulto sobrevivió a esa masacre, pero el creador de “El Gran Chaparral” -el mismo de “Bonanza”- no escribió para contarnos esa historia, sino para que simpaticemos con los estancieros que se habían instalado en el varias veces centenario -o milenario- territorio apache. Escribió para que, durante nuestras niñeces aprendiéramos a admirar el clarín de la caballería, que siempre llegaba a tiempo para salvar los intereses de la clase propietaria.

Ninguna de las series o películas de Hollywood nos contó del traslado masivo que sufrieron los apaches chiricahua sobrevivientes, desde sus territorios ancestrales a Florida, en vagones de trenes sellados. Tampoco contaron cómo los niños y niñas murieron como moscas de tuberculosis, en las nefastas escuelas para “indios”, entre otras lindezas que trajeron la civilización y el progreso. Por estos días, se cumplen 135 de la capitulación de Jerónimo. Él y su gente soportaron casi tres décadas como prisioneros de guerra. Anciano, murió en Oklahoma, lejos del territorio que defendió como mejor pudo. Las series o películas de Hollywood quisieron ridiculizar la historia apache de rebeldía, reducirla a una cuestión de bandidos, salvajes y borrachos. Nunca hubo tiro por la culata, tan espectacular… Cochise, Mangas Coloradas, Victorio, Jerónimo: ¡recordemos esos nombres! Sólo mueren aquellos que dejamos de nombrar.

Por| Adrián Moyano | Ilustración D.P.

¿A qué “indios” consideraba San Martín “nuestros paisanos”?

El cruce de los Andes y la consecuente liberación de Chile y Perú, estuvieron precedidos por negociaciones y acuerdos con los longkos mapuche de la zona que permitieron el paso a las tropas nacionales y la custodia de la cordillera. Voluminosa cantidad de documentación así lo prueba. Es el San Martín que no le conviene rememorar a los intereses del capitalismo desaforado del siglo XXI.

La fechó el 27 de julio de 1819, cuando la monarquía se aprestaba a contraatacar para restablecer la colonia en el continente y el frente interno complicaba sus planes. En esa coyuntura difícil, San Martín templó los ánimos con su más célebre proclama: “Ya no queda duda de que una fuerte expedición española viene a atacarnos, sin duda alguna los gallegos creen que estamos cansados de pelear y que nuestros sables y bayonetas ya no cortan ni ensartan; vamos a desengañarlos. La guerra se la tenemos que hacer del modo que podamos. Si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos ha de faltar; cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con las bayetitas que nos trabajan nuestras mujeres y si no, andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios. Seamos libres y lo demás no importa nada. Yo y vuestros oficiales os daremos el ejemplo en las privaciones y el trabajo. La muerte es mejor que ser esclavos de los maturrangos. Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano hasta ver el país enteramente libre, o morir con ellas como hombres de coraje”. Estaba dirigida a los soldados del Ejército de los Andes.

¿A qué “indios” se refería el vencedor de Maipú? ¿Por qué los consideraba sus “paisanos”? De cinco años antes data el acuse de recibo que Francisco Inalikang le enviara desde San Rafael (Mendoza), cuando era gobernador de Cuyo. Según se infiere de la respuesta del fraile, el escrito inicial informaba sobre “los desgraciados sucesos de Chile” y a propósito, proponía “solidar nuestra amistad con nuestros paisanos los pehuenches, haciéndoles un parlamento por medio del señor comandante de frontera”. De acuerdo con la propuesta, Inalikang informaba que el 20 de octubre de 1814 saldría para poner en marcha esos designios. Existen como mínimo, 10 intercambios epistolares entre uno y otro. Se interrumpieron cuando San Martín marchó para enfrentar a los realistas y quedó a cargo del gobierno cuyano Toribio Luzuriaga.

¿Quién fue Francisco Inalikang? El historiador Jorge Pavez Ojeda reconstruyó su tarea como secretario de los longko pewenche, mediador político y judicial. Su padre fue longko en la zona de Bajo Imperial, en el Ngulumapu, y aliado de Ambrosio O’Higgins, es decir, el papá de Bernardo. Como resultado de los acuerdos que estaban en vigencia, a sus 10 años ingresó al Colegio de Naturales de Chillán (Chile) y en 1795 se ordenó sacerdote. Fue el primer cura mapuche y como párroco en San Rafael, desempeño una “gran diversidad de funciones entre los pewenche de la provincia de Cuyo”, nos dice Pavez Ojeda. Entre ellas, ofició como intérprete en el parlamento que se llevó a cabo entre las autoridades coloniales mendocinas y los longko pewenche en 1805. Continuó desempeñando esa función en los de 1814 y 1816, cuando en la capital cuyana se concentraba la energía de la revolución antimonárquica.

Resistir

Inalikang cumplió con la misión e informó sobre sus resultados el 29 de octubre de 1814. El trawün se había desarrollado seis días antes, con la participación de 15 longko y otras siete autoridades que los wingka consideraban capitanejos. El patiru (manera mapuche de llamar a los sacerdotes) consignó sus identidades: Neycuñam; Millatrin; Carripil; Lignancu; Paillayan; Calbical; Cathituen; Mañqueliu; Huirriñancu; otro Huirriñancu; Neyulem; Antiñan; Lincoñam; Caniuman y Llamiñancu. En el segundo grupo, Lemunilla; Antical; Lebianty; Reyñamcu; Huemical; Llamcan y Millatur (*).

Por ese primer entendimiento, los pewenche acordaron custodiar los pasos cordilleranos y resistir “a los enemigos si se atreviesen a intentar pasar a este lado de sus Cordilleras”. Si sus fuerzas resultasen insuficientes, debían avisar inmediatamente a la comandancia fronteriza. La vigilancia sobre el Paso del Planchón fue efectiva, ya que, a fines de noviembre, el longko Pañichiñe -quien aparentemente no había participado del trawün- informaba sobre el cruce de nueve hombres, que iban en dirección a Mendoza. Nada sucedía en la cordillera sin que los pewenche supieran.

Por esa vía cruzaría para hostigar al enemigo la columna al mando de Ramón Freire en enero de 1817, cuando el Ejército de los Andes se movió para coronar el cruce de los Andes con la victoria de Chacabuco. El Planchón une en el presente Malargüe (Argentina) con Curicó (Chile) y para San Martín, era obvio que formaba parte de territorio de sus “paisanos”.

El 10 de septiembre de 1816, dos años después de la primera tratativa, el futuro libertador escribió de manera reservada al gobierno de Buenos Aires: “He creído del mayor interés tener un parlamento general con los indios pehuenches, con doble objeto, primero, el que si se verifica la expedición a Chile, me permitan el paso por sus tierras (**); y segundo, el que auxilien al ejército con ganados, caballadas y demás que esté a sus alcances, a los precios o cambios que se estipularán”. La misiva explicaba además que ya estaban en el fuerte San Carlos “el gobernador Necuñan y demás caciques”, es decir, el mismo nizol longko (lonco principal) que había liderado el entendimiento de 1814.

Esta carta fue reproducida varias veces, nosotros la tomamos de la contribución que Carlos Martínez Sarasola tituló “La Argentina de los caciques. O el país que no fue”.

Años después de los sucesos y a instancias del general William Miller, San Martín describió a sus interlocutores, de su puño y letra: “El día señalado para el Parlamento a las ocho de la mañana empezaron a entrar en la Explanada que está en frente del Fuerte cada cacique por separado con sus hombres de Guerra, y las mujeres y niños a Retaguardia: los primeros con el pelo suelto, desnudos de medio cuerpo arriba, y pintados hombres y Caballos de diferentes colores, es decir, en el estado en que se ponen para pelear con sus Enemigos”.

La súplica

Hombre de armas al fin, el jefe del Ejército de los Andes se dejó maravillar por otra característica: “Al llegar a la explanada las mujeres y los niños se separan a un lado y empiezan a escaramucear al gran galope; y otros a hacer bailar sus Caballos de un modo sorprendente: en este intermedio el Fuerte tiraba cada 6 minutos un tiro de Cañón, lo que celebraban golpeándose la boca, y dando espantosos gritos; un cuarto de hora duraba esta especie de torneo, y retirándose donde se hallaban sus mujeres, se mantenían formados, volviéndose a comenzar la misma maniobra que la anterior por otra nueva tribu”. Es que Necuñan sería el principal, pero cada longko con su gente, se gobernaban a sí mismos.

Fue precisamente Inalikang, “de nación Araucano” según San Martín, quien se ocupó de la arenga inicial para “suplicarles permitiesen el paso del Ejército Patriota por su Territorio, a fin de ir a atacar a los Españoles de Chile, extranjeros a la Tierra, y cuyas miras eran de echarlos de su País, y robarles sus Caballadas, Mujeres e Hijos, etc.”. Salvo tres de los longko presentes, el conjunto aceptó la propuesta.

El segundo parlamento entre los pewenche y San Martín se llevó a cabo en el célebre Plumerillo, no mucho tiempo después. Fue en esa oportunidad que pronunció la frase reveladora: “Los he convocado para hacerles saber que los españoles van a pasar del Chile con su Ejército para matar a todos los indios y robarles sus mujeres e hijos. En vista de ello y como yo también soy indio voy a acabar con los godos que les han robado a Uds. las tierras de sus antepasados, y para ello pasaré los Andes con mi ejército y esos cañones”. Escuchó y anotó la expresión Manuel Olazábal, quien las incluyó en sus memorias.

Cuando el inminente expedicionario al Perú dio a conocer su proclama de 1819, no hablaba de abstracciones. Para sus subordinados, algunos de los cuales guerreaban con él desde 1813, los “paisanos” que andaban “en pelota” eran los pewenche, pero también el resto de los mapuche que se habían sumado a la causa de la patria, porque en Chile, las cosas lejos estuvieron de resolverse después de Maipú. Los partidarios de la causa realista siguieron combatiendo en el sur y si bien grandes longko permanecieron de su lado al honrar acuerdos preexistentes, los célebres Juan Kolüpi y Venancio Koñwepang engrosaron los ejércitos patriotas con sus weichafe. Inclusive Kalfükura y su hermano Namünkura fueron lanceros de la Patria, como atestiguó Ángel Pacheco, granadero de San Martín y luego, jefe principal en la expedición que lideró Rosas en 1833.

En nuestros días, la comunidad Pichiñan defiende espacio territorial en cercanía de Paso de Indios (Chubut). En una carta que dirigió en 1948 a Juan Domingo Perón, Juan de Dios Pichiñan mencionó que su abuelo Domingo, había combatido en Cancha Rayada, también del lado patriota. Al momento de dirigirse al presidente, Juan de Dios contaba con 82 años (***).

Cancha Rayada fue la única derrota que cosechó San Martín en Chile, y tuvo lugar el 19 de marzo de 1818. Poco más de un año después, invitó a emular a “nuestros paisanos los indios”.

En agosto de cada año, suelen imbuirse gobernantes, opositores, periodistas y otros formadores de opinión, docentes y hasta campañas de marketing, del espíritu que consideran sanmartiniano. 202 años después de aquella proclama que todavía emociona, ninguna comunidad mapuche tiene a salvo su territorio de aspiraciones petroleras, megamineras, hidroeléctricas, forestales, ganaderas, turísticas o meramente inmobiliarias. Al igual que los godos de antaño, insisten en robarles territorio, aunque de San Martín fueran paisanos.

Por| Adrián Moyano | En estos Días| Ilustración D.P.