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Columnas

El fascismo se escapó de los libros de historia

Nos vienen a convidar a tanta mierda… La semana que pasó fue pródiga en acontecimientos que deberían como mínimo, cambiarnos el semblante. Horas antes de irrumpir en el aire con la edición anterior de “Sed y resistencia”, llegaban las peores noticias desde la lejanísima Madrid. ¿Qué tiene que ver España con nosotrxs? Hay que tomar distancia de la tentación a responder: nada… Si observamos con atención, todos los giros ideológicos que se producen en el culo de Sudamérica, primero se anticipan en el norte, ya sea europeo o estadounidense. Y en la capital española, la misma que todavía habita canciones nostálgicas sobre la resistencia al fascismo durante la Guerra Civil, la más retrógrada de las derechas se alzó con un triunfo espectacular. Cito párrafos de una columna que escribió todavía con las náuseas en la garganta Pablo Rivas, colega que trabaja para “El Salto”: “El mensaje es poder. Los medios son poder.

Llevamos años consumiendo bazofia día a día, décadas. Tenemos la culpa de tragárnosla, pero no la tenemos de contar con un ecosistema mediático tan paupérrimo, tan controlado por la élite”. Nuestro colega no estaba hablando ni de la Argentina ni de Chile, sino de uno de los países europeos que todavía pasa por democrático.
Nos vienen a convidar a que no perdamos… “Los grandes medios que hace unas décadas eran el estandarte de la socialdemocracia felipista hoy solo venden neoliberalismo puro y son propiedad de grupos de inversión a los que no les gusta mucho eso de pagar impuestos o un mínimo reparto de la riqueza”. Rivas habla de España, pero en nuestros países podríamos reemplazar aquello de “socialdemocracia felipista” por el cartelito que corresponda y advertiremos que el panorama es similar, sino idéntico. “Es aún peor. La guerra por la audiencia lleva a que auténticos fascistas, auténtica calaña, personas de la más baja capacidad y esparcidores de la mayor toxicidad, estén en todos los programas. Día a día. Todos los días. Años. Décadas”, completa nuestro colega. El resultado, casi el 55 por ciento de los votos de Madrid fueron a la derecha o a la ultraderecha. Malas noticias, amigues: el fascismo y el nazismo se escaparon de los libros de historia.


Dirán que la gente es mala y no merece… Nada que no conozcamos por acá, aunque cosa curiosa, cuando la Corte Suprema de Justicia tuerce una decisión que tomó un gobierno democráticamente elegido por la ciudadanía, se habla de salvación de la República. Aclaración para el público chileno: el máximo tribunal de la Argentina falló en favor de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires sobre la presencialidad de las clases que había suspendido el gobierno nacional, para enfrentar la “segunda ola” de Covid19. Y bue…. Buenos Aires: la ciudad que dio más del 50 por ciento de sus votos a Elisa Carrió unos días después de que se mofara de Santiago Maldonado, muerto durante un operativo de Gendarmería Nacional en 2017.
Queremos seguir jugando a lo perdido… Muy cerca de aquí, Chubut se convirtió en un distrito donde la dictadura mega-minera, perdió toda sutileza. La Legislatura desechó la trabajosa Iniciativa Popular que, con más de 30 mil firmas, había llegado al recinto y apura su zonificación, para que avance la explotación de plata en el yacimiento Navidad. Lejos de quedarse con los brazos cruzados, el pueblo chubutense produjo cortes de ruta en todos los puntos importantes de la provincia, pero la represión que se concretó durante el fin de semana en Trelew, demuestra que aquello de dictadura mega-minera, no es metáfora.


Nosotrxs no sabemos lo que es el destino… En Colombia ya llevan dos semanas de movilización. Hasta el sábado último, se contabilizaban 548 desaparecidos y 27 muertos durante las marchas, en un país donde el paramilitarismo es una tradición. Imposible no comparar el proceso colombiano con el que vivió Chile a partir del 18 de octubre de 2019. No fueron los aumentos en el metro ni la reforma tributaria las causas: son décadas de padecer la naturalización de la injusticia.
Partiremos soñando travesuras… La mirada se dirige una vez más a Chile. Lxs que tenemos “Sed y resistencia” no depositamos mayores esperanzas en el funcionamiento de la estatalidad, pero el asunto del próximo fin de semana tiene bastante de trascendente. La cuestión de los escaños reservados para pueblos indígenas es inédita y como dijo un dirigente mapuche histórico, no resuelve nada en sí misma, pero presenta la oportunidad de “correr el cerco”. O para volver a la tradición madrileña, de levantar nuevas barricadas que sean capaces de frenar el avance fascista. En cuanto a nosotrxs, no hay cuidado. Profesamos y seguiremos profesando “la necedad de lo que hoy resulta necio. La necedad de vivir, sin tener precio. La necedad de asumir al enemigo”.

POR| Adrián Moyano.

Oscar para “Nomadland”. ¿A qué nomadismo premió Hollywood?

Que “Nomadland” se haya quedado con el Premio Oscar a la Mejor Película es un hecho llamativo, porque sin entrar en mayores consideraciones cinematográficas, el film de Chloé Zhao no responde al estereotipo de los que suelen agradar en la Academia de Hollywood. Su protagonista, Frances McDormand, está lejos del glamour que caracteriza a las habitantes de la farándula estadounidense y, además, su producción debió resultar bastante gasolera.
Como la peli todavía no está en las plataformas digitales, va una síntesis: Fern es una mujer que enviudó recientemente y para colmo, la fábrica donde trabajó buena parte de su vida, cerró. Empire, la localidad de Nevada donde funcionaba la empresa, acusa el impacto y va camino a convertirse en un pueblo fantasma. Fern decide vender todas sus posesiones, adquiere una furgoneta que convierte en casa rodante y como otros centenares de estadounidenses, migra adonde la búsqueda de trabajo la lleve. O sea, adopta un hipotético nomadismo como forma de vida. Las penurias y la soledad van en línea con la libertad y un considerable acercamiento a la naturaleza.


La cultura occidental siempre despreció al nomadismo para valorar el sedentarismo. Su narración es lineal y concibe a la modernidad capitalista al lugar al que todos los pueblos deberían llegar. Según esa lógica, lxs nómades eran cazadores-recolectores que se desplazaban por espacios territoriales relativamente amplios, en la búsqueda de animales o frutos. Siempre para la cultura occidental y grosso modo, la generalización de la agricultura forzó el abandono de los grandes viajes para atender los cultivos y con el paso de los siglos, provocó el surgimiento de las ciudades. Hay quienes dicen que con las ciudades vinieron los gérmenes del Estado y con él, los gobernantes, la Policía, los ejércitos, la burocracia, la producción de excedentes, los poseedores y los desposeídos. O sea, el más injusto de los órdenes.
Según el historiador chileno José Bengoa, el pueblo mapuche que enfrentó a los invasores españoles a mediados del siglo XVI era agricultor y navegante. Poblaba el curso de los ríos y los lagos, carecía de centralidad política y funcionaba a partir de federaciones que agrupaba a distintas comunidades según su espacio territorial. Fue como consecuencia de la guerra de exterminio que trajeron los europeos que los mapuches recuperan cierto nomadismo. Los recién llegados adoptaron como práctica incendiar los sembradíos, sobre todo en las áreas adyacentes del Biobío. Pero fuera del área de influencia de los ibéricos, la vida mapuche antigua se caracterizó por una gran movilidad que no sólo buscaba poner distancia de la guerra, sino también relacionarse con los ritmos del ciclo natural.
Me remito a un ejemplo más tardío que conozco bien: en los últimos 30 años de libertad antes de la Campaña al Desierto, los mapuche de las actuales provincias de Neuquén y Río Negro bajaban hasta la confluencia de los ríos Kakel y Tecka (Chubut) para la caza del guanaco cachorro. La temporada comenzaba a mediados de la primavera y se extendía hasta el verano. Luego, se consagraban a la recolección de manzanas y piñones en la cordillera y durante el crudo invierno, se alejaban de las nieves para comerciar en Carmen de Patagones plumas de choique, cueros de guanaco, más las mantas y makün que tejían las mujeres. Por entonces, el pueblo mapuche era fundamentalmente comerciante y ganadero, así que cuando la nieve dejaba de obstaculizar los pasos cordilleranos, iba a comerciar ganado a Valdivia. Entre la Ciudad de los Ríos y la localidad bonaerense hay algo menos de 1.200 kilómetros. Y entre Junín de los Andes y Tecka, alrededor de 600. Por ese territorio amplísimo se extendían los viajes mapuches de antaño. ¿Nomadismo? ¿O más bien, vivir de acuerdo a los ritmos de la naturaleza?


Hay enormes diferencias con el de Fern. El suyo está marcado por la temporada en Amazon, el gigante del comercio electrónico que la emplea cuando la demanda está en auge, quiere decir que, como trabajadora, está precarizada. Como lxs nómades estadounidenses de hoy no tienen acceso a la tierra y sus cocinas son más bien limitadas, la mayoría de las veces comen alimentos industrializados, al menos en la película. Al parecer, una proporción importante fue víctima de las crisis de las hipotecas basura, acaecida en 2008. De ahí que su elección por las rutas tenga más que ver con la exclusión capitalista que con la libertad. No deja de ser irónico que una institución tan establishment como la Academia de Hollywood distinga en 2021 un retrato del nomadismo posible. ¿Cuál fue la cultura más sabia? ¿La cazadora recolectora de antaño o la consumidora depredadora de hoy?

POR| Adrián Moyano.

¡Sigfrido! Abuelo del rock y pionero en advertir el calentamiento global

¡Qué sequía, cofrades! Días atrás, el columnista cruzó el Limay en dirección a Villa La Angostura (Neuquén) y el nacimiento del río en el Nahuel Huapi, ya presenta una pequeña barranca descubierta. Para quienes son de otros pagos, ese desnivel habitualmente no se ve, porque queda sumergido bajo aguas bravías. Quiere decir que el nivel del lago más importante de por aquí está inusualmente bajo y que la carencia de lluvias que, esperábamos, llegara a su fin con el arribo del otoño, todavía se estira. Además, si se echa una ojeada por las montañas desde lejos, se podrá ver que salvo el inconmovible Tronador, el resto carece de nieve alguna, pura piedra y sequedad.


Entre paréntesis, ¿cómo se nota la sequía en tu casa? ¿Podrían mandar algún mensaje a “Sed y Resistencia” y contarnos? No es concurso, no regalamos nada. Acá sólo tenemos un par de promesas, implacable rocanrol y varios pares de sienes ardientes, que son todo el tesoro. Creo que ya se dieron cuenta, ¿no?


Los fenómenos meteorológicos extremos, como la sequía en curso, son características del cambio climático, proceso sobre el cual se escribe mucho, se habla todavía más y se hace poco. Mientras las aguas disminuyen su nivel día a día en toda la cuenca del río Negro, persisten los planes mega-mineros, tanto en esta provincia como en Chubut y otros puntos de la Argentina. Como informara este espacio contracultural la semana pasada, en Catamarca y Chubut las fuerzas de seguridad se llevaron detenidos y detenidas a decenas de asambleístas, cuyo delito consiste en proclamar que el agua vale más que el oro y que la vida, no puede cotizar en Wall Street.
A comienzos de los 90, cuando del calentamiento global sólo se hablaba en algunos círculos científicos, Sigfrido Rubulis visitaba la redacción del diario donde hacíamos un suplemento joven, con fotos reveladoras. Por entonces, nada de tecnología digital, entonces nuestro compinche armaba una suerte de puzle con las fotografías que pacientemente tomaba para demostrarnos que los glaciares cercanos precisamente al Tronador, retrocedían inexorablemente.


Sigfrido tenía una profesión rara: glaciólogo. De origen letón, nunca pudo desprenderse de un acento enrevesado y una escritura todavía más enredada. Durante años, trajo su columna semanal a Diario Bariloche y quien firma, se encargaba de re-fritar esos textos para que todas y todos pudieran entender. Admito que el asunto tenía algo de tedioso, pero ahora tengo que agradecer: muchos antes que se pusiera angustiosamente de moda, supimos gracias al “abuelo del rock” que caminábamos hacia una inmensa freidora consecuencia del efecto invernadero y aunque nunca supe si conocía algo de az mapu, Rubulis decía que la Tierra era un ser vivo. Solía citar a un tal Lovelock, a quien nunca leí, pero debería.
Conocí a Sigfrido en 1991. Los cráneos de turno buscaban instalar un basurero nuclear en Gastre, corazón de la estepa patagónica. Esa localidad queda a 360 kilómetros de aquí, pero ¿cómo íbamos a permitir semejante dislate? Además, la radiación viaja demasiado rápido. En el grupito que se armó en Bariloche para enfrentar la intención del gobierno nacional, estaba Rubulis, el único científico de la banda. Me sorprendió poco tiempo después, encontrarlo en una noche de rock y cerveza, aunque él siempre tomaba champagne.


Sigfrido tenía 20 o 30 años más que el promedio de nosotros. Nunca lo vi usar otro pantalón que no fuera de cuero y nunca dejaba de bailar, aunque tenía cierto problema en una de sus rodillas. Disfrutaba particularmente en los conciertos de Mosca Roseta, una de las bandas que en esa década sacudía las noches de viernes y sábados, puro funk & roll, según la definición de su líder, Pablo “Chimango” Valette. Cuando Sigfrido pegó unos mangos a raíz de una herencia, costeó el que sería el primer disco de la banda, con grabación en estudio de Buenos Aires y todo. En ese álbum quedó plasmado aquello de “abuelo del rock”. En cambio, sus reflexiones sobre la vitalidad de la Tierra, sus advertencias sobre el desmadre ambiental que se venía y sus registros sobre los glaciares de la cordillera no quedaron en ningún lado, salvo en la memoria de quienes fuimos sus transitorios compañeros de ruta. Estaba lejos de ser perfecto y no quería ser ejemplo para nadie, pero ahora que la hipocresía se nota en las canillas de varios barrios de Bariloche, pienso en Sigfrido Rubulis: mirada clara, rock hasta que salga el Sol y palabra certera. Banderas que se alojaron para siempre en nuestro corazón.

POR| Adrián Moyano.

El apache Gerónimo y el mapuche Keupü: tan lejos y tan cerca

No sé qué importancia dan en Chile al Día del Aborigen Americano. Tampoco es que en la Argentina se encienda el calendario, pero el columnista aprovecha la efeméride del 19 de abril -de origen un tanto insípido- para contar en forma mínima un par de historias cuyos protagonistas no se cruzaron, pero que, sin embargo, se relacionan íntimamente.


¿Quién no conoce a Gerónimo? No hace falta ser especialista en historia indígena de Estados Unidos para -al menos- tener una vaga idea sobre la gesta del jefe chiricahua. A su manera, Hollywood ayudó: quien firma recuerda su presencia en varias películas de esas que llegaban a nuestros televisores en blanco y negro, los sábados por la tarde de la infancia. Obviamente, siempre como el malo. Inclusive hoy puede verse en Netflix “Gerónimo, una leyenda americana”, film que data de 1993 y que hace un poco más de justicia a su actuación, aunque la trama se centra en sus últimos años en libertad.


Claro que Gerónimo no se llamaba así, su verdadero nombre fue Goyathlay, que significa “El que bosteza” en el idioma de su pueblo. ¿Cómo un guerrero se va a llamar “El que bosteza”? En realidad, el hombre no tenía intenciones de forjar leyenda alguna e inclusive, durante su juventud no llamó la atención precisamente por su bravura. Más bien al contrario, pero entre los ejércitos de México y Estados Unidos se las arreglaron para poner a todo el pueblo apache o mejor dicho diné, en una disyuntiva de hierro. En 1851 tropas mexicanas atacaron poblaciones diné en Sonora y ultimaron a la compañera de Jerónimo, a su madre y a tres hijos de la pareja. A pesar de tamaño dolor, décadas después el futuro jefe de guerra aceptó recluirse en una reserva, junto con miles de los suyos. Según testimonios apaches contemporáneos, vivir en ese pedazo de tierra olvidada por las lluvias y castigada por las enfermedades, era literalmente imposible.


En realidad, el responsable político del grupo que decidió abandonar la reservación era Juh, su hermano, pero Goyathlay se fue destacando en el combate y que oficiara como jefe de guerra, fue cuestión de tiempo. En 1885, varios grupos apache buscaron refugio en la Sierra Madre, por entonces, jurisdicción mexicana. Desde allí resistieron con éxito los embates de los dos ejércitos y lograron que otros guerreros y sus familias se resistieran a languidecer en el penoso sistema de reservaciones. En Washington estaban que trinaban y mandaron al general Crook a finiquitar el pleito. El enviado era un viejo conocedor de apaches e inventó una excusa para cruzar la frontera mexicana con sus tropas, integradas en forma mayoritaria por exploradores del mismo pueblo que su presa. “Indios amigos” se les llamó por acá… Crook se hizo acompaña por un fotógrafo, quien logró las únicas fotografías de aquellos guerreros en libertad. Eran menos de 40, perseguidos por tres mil soldados estadounidenses. En 1886, Goyathlay se entregó voluntariamente. Nunca pudieron capturarlo.


En 1880, Julio Roca alcanzaba la presidencia de la Argentina. El año anterior había comenzado la así llamada Campaña al Desierto, ofensiva que generó 14 mil bajas entre los mapuche, entre prisioneros y muertos, según la propia contabilidad argentina. Hubo un longko que alcanzó a poner distancia entre su gente y los flamantes fusiles de retrocarga: Keupü, autoridad política de los waizufche, es decir, gente mapuche de la cordillera. Buscó refugio en su territorio de origen, la zona de los lagos Aluminé, Ruka Choroy y Moquehue, más las nacientes del Biobío. Como consecuencia de un acuerdo con Buenos Aires, se había asentado años antes en el río Colorado, cerca del mar, pero la toldería se movilizó cuando se supo que venían los wingka. Keupü tampoco fue originalmente un jefe guerrero o toki, pero hizo una promesa que cumpliría al pie de la letra: “no me van a llevar a Martín García”. Allí funcionó un campo de concentración de penoso recuerdo.


No sólo no se dejó capturar: el 18 de enero de 1881, al frente de 500 weichafe, entre los cuales había gente del Ngulumapu, consiguió confundir al enemigo y destruyó el fuerte Los Guañacos, sito unos 100 kilómetros al oeste de Chos Malal, en el actual norte neuquino. Hasta donde sabe el columnista, esa fue la única victoria mapuche significativa durante la segunda fase del avance argentino. No quedó ni uno de los soldados que integraban la guarnición. En los años siguientes, Keupü, cuyo nombre completo era Keupümilla, se las arregló para escabullirse entre bosques de pehuenes y cañadones cordilleranos. Sus jóvenes kona se cansaron de arrebatar los caballos de los wingka y también dieron pelea en enero de 1883, en el combate de Pulmarí. Finalmente, la superioridad adversaria fue enorme y el longko Keupü cayó durante el invierno de 1884. No hay imágenes suyas, porque nunca pudieron capturarlo.
Ni uno ni otro se consideraron a sí mismos aborígenes ni americanos. Diné uno y waizufche el otro. Goyathlaey y Keupü no se conocieron, pero en la resistencia a los opresores, fueron hermanos.

POR| Adrián Moyano.

“Black is beltza”: la soga en nuestro cuello, no estará para siempre

A mí no me vengan con cuentos. La parálisis que sufrió la industria cinematográfica durante buena parte de 2020 debe explicar que una plataforma como Netflix, haya estrenado un par de semanas atrás “Black is beltza”, película de animación para grandes que tiene como director al mismísimo Fermín Muguruza.

Su inclusión fue justificada por cierta prensa por el surgimiento de nuevas plataformas que disputan la hegemonía del gigante digital y le hacen perder público por izquierda. Sea por la escasez de estrenos o por la necesidad de moderar su perfil en extremo comercial, ¡bienvenida sea la llegada de “Black is beltza”!
La película data de 2018 y desde entonces, el columnista la esperaba como bosque al otoño después de un verano de sequía. Vaya sorpresa, más allá de su formato de cómic y de atractivos colaterales, como las andanzas amorosas de su protagonista, es una pequeña clase de historia política contemporánea.

La acción arranca en 1965, cuando una comparsa de títeres gigantes, célebre por sus desempeños en Pamplona, debía participar como invitada en una procesión pensada como espectáculo por las calles de Nueva York. Hay que recordar que, por entonces, el racismo de la sociedad estadounidense estaba lejos de batirse en retirada y el elenco euskera enfrenta una prohibición: los gigantes que representaban gente afro, no pueden desfilar. Descontento con esa determinación, que sus compatriotas aceptan sin chistar, Manex no sólo altera el normal desenvolvimiento del desfile, además decide quedarse en la megalópolis estadounidense, donde se vincula con el futuro manager de Otis Redding y con una morena que además de irresistible, es integrante de la Inteligencia cubana. Para los y las más jóvenes, recordemos que, por entonces, la Revolución de Fidel y el Che, recién llevaba seis años de marcha, tan triunfal como incierta. Ese mismo año, 1965, fue asesinado Malcolm X y de pronto, Manex se ve corriendo por las calles de Nueva York, en una protesta que es dispersada por la Policía sin miramientos. Nada que el muchacho no conociera: de perfil un tanto parecido a Corto Maltés, Manex es obviamente vasco y en su país campea la dictadura franquista, a la que enfrenta desde la resistencia euskera. Fermín se cuidó de no mencionar a ETA en toda la película, seguramente para evitar censuras explícitas o implícitas.
Gracias a la chica cubana, Amanda Tamayo, el héroe de la trama recala en la mismísima Cuba, donde conoce al mismísimo Che y fugazmente, se topa con el mismísimo Fidel. Impresionado por su puntería y como tiene ciudadanía francesa -el país vasco está ocupado, parte por España, parte por Francia- el comandante más querido imagina una misión para Manex, que consiste en contactar a los Panteras Negras para sacar a uno de sus miembros destacados fuera de Estados Unidos.
El Black Panter Party se fundó en 1966 y constituyó un auténtico dolor de cabeza para el establishment y la clase media estadounidenses. En sus orígenes pregonó el marxismo ante las mismísimas narices del Tío Sam y en plena Guerra Fría, además de una suerte de nacionalismo negro. Pero a diferencia de Martin Luther King y otros próceres de las luchas antirracistas, los “black panter” reivindicaban la violencia revolucionaria. El FBI tomó debida nota de sus acciones y proclamas, a tal punto que no dudó en asesinar ilegalmente a varios de sus referentes. ¿Juicios justos? No, nada de eso. A propósito, sobre el tema también se puede ver “El juicio a los siete de Chicago”, que aborda el mismo período.
Cuando Manex retorna a Estados Unidos para cumplir su misión, la banda de sonido sabe de Jimi Hendrix y de Janis Joplin. Y no da contar más detalles de la película y menos aún su final, simplemente queda compartir un par de impresiones. Fermín Muguruza es un patriota vasco, pero también, un tremendo internacionalista. A través de un cómic -ese fue el formato original de “Black is beltza”- se propuso recordar que 50 años atrás, la hegemonía de la que todavía disfruta Estados Unidos no era indiscutida. No sólo a 145 kilómetros florecía una revolución que se había sacudido el yugo de las barras y las estrellas, incluso dentro de sus fronteras una expresión del pueblo afro-estadounidense fue capaz de conmover sus cimientos, con una sucursal en Argelia inclusive. El reloj se detuvo -en la película literalmente- el 9 de octubre de 1967, cuando el Che cayó en Bolivia. Por entonces, Manex estaba de nuevo en España y pronto la Guardia Civil le haría pasar un mal trago. Pero su suerte y la de “Black is beltza” ya estaban echadas.
Una pista, beltza significa en euskera lo mismo que kurrü en mapuzugun. La letra de “Gora Herria”, canción de Negu Gorriak que solíamos pasar 25 años atrás, termina con una proclama: “un pueblo que canta, no morirá jamás”. Y si además es capaz de hacer cómics y películas, menos todavía. “Gure lepoan soka / ez dago betiko” significa: “la soga en nuestro cuello no estará para siempre”.

POR| Adrián Moyano.

¡Mecanismo Covax para el merken en Puelmapu!

COLUMNA| Por Adrián Moyano

Hace casi 13 meses que la frontera terrestre entre Chile y la Argentina está cerrada. Fue una de las medidas que adoptaron los respectivos gobiernos para enfrentar la pandemia de Covid19, con los resultados que están a la vista: por aquí ya se instaló la así llamada “segunda ola” y se establecieron nuevas restricciones en las grandes ciudades. Por allá, el gobierno impulsó la postergación de las elecciones con la excusa del agravamiento en la situación sanitaria.


Las conductas gubernamentales tienen bastante que ver con la esquizofrenia: hasta no hace mucho, en la Argentina el sector oficial financiaba a quienes quisieran salir de vacaciones dentro del país. El estímulo se decidió cuando todavía se nos decía que la mejor manera de enfrentar la pandemia era quedarnos en casa. Por su parte, el ministro de Educación asumió como cruzada personal el retorno de los niños y niñas a clases presenciales, cuando todos sabemos que inclusive en épocas normales, el transporte público y la escuela son los mejores lugares para pegarse una gripe, una eruptiva o un virus cualquiera. ¡El coronavirus se debió frotar las manos en marzo pasado!


Pero supongamos que todas y todos los funcionarios ponen lo mejor de sí y admitamos que la situación es tan inédita, que nadie sabe a ciencia cierta qué hacer. Desde el sábado anterior, tampoco hay vuelos entre Santiago y Buenos Aires. ¡Pero la frontera terrestre entre Chile y la Argentina está cerrada hace más de un año para los más comunes de los mortales!


Estas líneas se explican en forma sustantiva por la combinación desafortunada de varios síndromes de abstinencia. La carencia más significativa tiene que ver con una especia tan contundente como sutil de origen quizá mestizo para identidad claramente mapuche: ¡el merken!
¡Manden merken!
¡Apertura, aunque sea transitoria de los pasos cordilleranos, para que circule merken!
Entre muchas otras, la angustia que sobresalió durante 2020 en este domicilio barilochense donde escribo estas líneas, tuvo que ver con la disminución pausada pero inexorable de las exiguas existencias de merken. El que produce y distribuye generosamente la gran Anita Epulef se convirtió rápidamente en recuerdo.


Anita vive en Curarrehue, donde termina o empieza -según el origen del viaje- el actual paso cordillerano de Mamül Malal. A grandes rasgos, las rutas internacionales de hoy siguen el trazado del antiguo y mítico Paso de Villarrica, por donde los jinetes mapuche arriaron ganado durante tres siglos, aunque reinara el más crudo de los inviernos. La ñaña es guardiana de semillas, tremenda cocinera y gestiona en el poblado el restorán mapuche más auténtico y elaborado que el columnista conoce. Si alguna vez la circulación entre Chile y la Argentina se restablece, presurosos guiaremos nuestros pasos por los antiguos dominios del longko Ñankucheo, donde el Aluminé y el Chimehuin se convierten en el Collon Cura, saludaremos en mapuzungun al imponente Lanín, sonreiremos ante cada pehuén vecino a la ruta y nos encomendaremos gustosos a la salsa de merken, que, como nadie, elabora Anita Epulef en su reducto. Queda casi en las afueras de Curarrehue, en dirección a Pucón y no muy lejos del histórico río Trancura.


Anita nutre a su cocina con ingredientes de la zona. Una vez que anduvo por aquí, nos dijo que además de producir ella misma con su familia, compra aquello que necesita entre sus vecinos y vecinas, porque estimular la agricultura familiar es una buena manera de enfrentar las prebendas económicas de aquellos que pretenden represar los ríos.
¡Ah! Me faltó decir que sobre la cuenca del río Trancura merodean como siempre, los ejecutivos de rapiña: donde nosotros vemos newenes, ellos imaginan hidroeléctricas. ¡Indigestión eterna para todos los personeros de las corporaciones!


Curarrehue queda donde la Araucanía se hace lacustre y montañesa, pero no sólo por aquellos antiguos pagos mapuche pewenche se huele merken. La nostalgia también nos conduce hacia Angelmó y ese mercado ruidoso a orillas del Seno de Reloncaví, donde los olores llevan al mar y a la tierra, al cercano Chiloé y a sabores que no deben perderse nunca.
Si no quieren abrir la circulación terrestre para que volvamos a viajar los más comunes mortales, ¡Mecanismo Covax para el merken! ¡Acceso equitativo a la más mapuche de las especias! Si el territorio mapuche va de mar a mar, ¡libre circulación para el merken en Puelmapu!
Será justicia.

Después de tres siglos, volvió “Sed y resistencia”

COLUMNA| Adrián Moyano

Un placer volver al aire de “Décima Sinfonía” después de tres meses de pausa. Desde una perspectiva de largo plazo, 90 días son apenas una exhalación, pero ¡vaya si pasaron cosas mientras inspirábamos y exhalábamos! Sin consultar archivo alguno, la memoria del columnista se deja asaltar, por orden de aparición, por el bochorno que vivió la “primera democracia del mundo”, cuando un puñado de facinerosos intentó tomar por asalto el Congreso de Estados Unidos, ante la mirada atónita de buena parte del mundo. El papelón tuvo lugar poco antes del cambio de mando, cuando el todavía presidente Trump, azuzó a sus seguidores más descerebrados a protestar por los resultados electorales. ¡Qué espectáculo denigrante! Finalmente, el nuevo presidente asumió en tiempo y forma y ya dejó en claro que nada alterará la rutina imperialista de su país. Nada nuevo bajo el Sol.


También durante el verano que se acaba de ir, se manifestaron con toda crudeza las desigualdades planetarias: sólo 10 países, concentraron el 75 por ciento de las aplicaciones de vacunas versus el Covid19. El dato nos da la razón a quienes, cuando comenzó el asunto un año y monedas atrás, decíamos que muy lejos estábamos arribar al cambio civilizatorio que algunos filósofos, sociólogos y otros logos quisieron ver, ante la patente crisis del capitalismo. Los mandamases del planeta prevén salir del agujero con más capitalismo y con más desequilibrios de poder, como está a la vista. Geopolíticamente, está claro que Rusia y China vinieron a cuestionar la vocinglería estadounidense – europea, pero los que andamos con “Sed y Resistencia” no nos conformamos con cambiar de collar, ¿se entiende?
Y ya que estamos con cadenas y perros, el gobierno de Chubut apretó el acelerador y cuando el Sol ardía en Patagonia, intentó aprobar la ley que le permitiría zonificar la provincia para regalarle la meseta a las corporaciones mineras. No tuvieron en cuenta los miserables que allí gobiernan la perseverancia popular, que una vez más, se expresó en plazas y en rutas, no sólo en Chubut sino también en Río Negro. En Bariloche hubo movilizaciones en diciembre, febrero y marzo, con un grito claro y urgente: ¡agua para las huertas, no para las mineras!


Amigues de Puerto Montt y de Bariloche: por aquí, la derecha arrancó 2021 igual de desbocada que en 2020. Después de los incendios que asolaron la Comarca Andina del Paralelo 42, en particular, Lago Puelo y El Hoyo, un senador por Río Negro, el ex candidato a vicepresidente de Juntos por el Cambio y otros figurones de menor cuantía, salieron a adjudicar la autoría de los incendios a “células mapuches terroristas”, a la RAM, a la CAM y bla, bla, bla. Hicieron su irrupción en la prensa canalla y en las redes sociales con tanta rapidez como negligencia. Ni se fijaron en que el primer muerto que se cobraron los incendios fue el peñi Sixto Garcés Liempe, en el paraje Buenos Aires Chico. ¡Una eficacia de la hostia las “células mapuches terroristas”! Desde que comenzó la pretendida insurrección, van tres muertos (dos mapuche y un wenüy) y decenas de heridos (todos mapuche). Nada que ustedes, en Chile, no conozcan, después de décadas de montajes con la intención de solucionar por vía policial, un conflicto que tiene raíces históricas y que se originó, tanto allá como acá, en la usurpación por parte de los Estados del territorio mapuche libre, en el último cuarto del siglo XIX. ¡Ah! Como la ley en favor de la megaminería todavía no pudo pasar en Chubut, su gobierno aprovechó los incidentes que se produjeron en Lago Puelo cuando se concretó la visita presidencial, para criminalizar a activistas anti-minería, con allanamientos sin orden judicial y auténticos linchamientos mediáticos. ¿Democracia? Sí, sí… Democracia.
Pero hablemos también de cosas más lindas. Par de semanas atrás salieron nuevos álbumes de NOFX y de PJ Harvey, dos propuestas estéticas que supieron alumbrar nuestros caminos radiales 25 años atrás. Bueno, en realidad, el de PJ es un rejunte de demos que, de todas maneras, es bienvenido. En el pago chico y con los consabidos protocolos, volvió la actividad artística con la presencia de público. Igual, a juicio de quien firma, la brisa de aire más fresco vino por el lado de Sesiones Willin y el under de Bariloche. Desde fines de diciembre y por espacio de seis semanas, se estrenaron en YouTube pequeños shows, cada uno protagonizado por una banda de propuesta y sonido diferentes. Como amantes de la música, cada une tiene su corazoncito, pero más allá de las preferencias, Sesiones Willin vino a ratificar aquello que en “Sed y resistencia” sabemos hace décadas: la autogestión es el camino. Cuanto más profunda, más genuino el recorrido. ¡Que sea pleno el reencuentro, amigues de Décima Sinfonía! ¡Salud y libertad!

Que no le falte viento al pirata Ñankupel | Por Adrián Moyano

COLUMNA|

Ahora está fascinado con no sé qué personajes de Lego, pero casi dos años atrás, mi hijo más pequeño sólo hablaba de piratas y preguntaba sobre más piratas. Una noche en la que justamente estábamos a orillas del mar, en Comodoro Rivadavia, surgió el interrogante: ¿hubo piratas mapuche? En la mesa se alzó la voz del chacha Jorge Spíndola Cárdenas, tremendo poeta, doctor en Ciencias Sociales y por espacio de dos años, vecino de Valdivia: sí hubo un pirata mapuche. Pedro Ñankupel, dijo.


Entonces, en lugar de agotarse las preguntas, se multiplicaron los interrogantes, pero ya no era Ayün quien las hacía, sino su padre, o sea, este columnista. En un lapso relativamente breve, la memoria de Ñankupel se hizo cuerpo, primero a través de una banda de punk rock y luego, de un libro. Son varias las respuestas: el pirata williche actuó en los últimos tramos del siglo XIX y en Chiloé. Fue un gran navegante el peñi y temprano defensor de la itrofilmongen, es decir, de toda la vida, al no admitir la devastación ambiental que el progreso significaba para el achipiélago de las Guaitecas.

Como siempre en estos casos, la leyenda se mezcla con la historia, pero dicen que se cargó a 99 inescrupulosos antes de que el Poder Judicial -la justicia es otra cosa- decidiera su fusilamiento. Una de las veces que anduve por Puerto Montt busqué infructuosamente algo para leer, pero debo a un gesto cordial del también poeta José Mansilla Contreras, vecino de Coyhaique, el tener a mano el libro de Enrique Valdés. Es una novela, sé que hay otros y que inclusive, existe una película en ciernes.
No todas las veces que quisiera, pero estuve varias veces en Chiloé y nunca nadie me habló ni vi seña alguna de Ñankupel.

Los dispositivos de silenciamiento funcionan bien en todos lados, pero tarde o temprano caen, hechos añicos. Estruendosa su caída, como los temas de la banda de Osorno. Me hice del CD de “Ñankupel” durante el Primer Encuentro del Libro y el Sonido Independiente que se hizo en Bariloche, el invierno pasado, con la organización de Simios Librepensadores, un terceto de cofrades. Atendía el puesto el guitarrista de la banda, Conselheiro, que además edita un fanzine. Dice la contratapa de la gráfica: “Tomamos el nombre de Pedro Ñankupel, peñi que luchó contra las injusticias de su tiempo en Chilwe, sobre todo contra los explotadores del ciprés”. Fue “condenado por la sociedad winka a ser fusilado por piratería, negándose incluso la sepultura en sus cementerios”. El Estado y el capitalismo no imponen semejante castigo, salvo que el condenado conmoviera seriamente sus cimientos.

Trescientos años de que naciera Ñankupel en Terao, los primeros españoles que arribaron al Ngulumapu observaron con detenimiento algunas costumbres mapuches. Como se sabe, los sacerdotes que aquí llegaron creían en el más tiránico de los dioses y se interesaron sobre todo, por encontrar paralelismos entre el Diablo y las manifestaciones de la espiritualidad ancestral. Uno de ellos, Diego de Rosales, que también supo asomarse al Nahuel Huapi, advirtió que cuando se producían tormentas eléctricas, los antiguos mapuche levantaban la vista hacia el cielo y observaban atentamente el resplandor de los refucilos y las rasgaduras de los truenos, mientras tocaban la trutruka, el kulkul y hacían afafan, es decir, proferían gritos de aliento. Los estampidos y estallidos de luz indicaban que en el alhue mapu, el Territorio de los Espíritus, los guerreros que ya habían partido continuaban la pelea interminable contra los wingka recién llegados. El weichan seguía en las alturas y aquí abajo, el deber era alentar con gritos y el sonido de los más estridentes instrumentos.


El domingo pasado hizo mucho calor en Bariloche. Al caer la tarde, nubes hacia el sur redondearon contornos poco usuales y adquirieron tonalidades casi negras. Estaba de espaldas pero alcancé a percibir el primer resplandor, seguido de su correspondiente descarga. Al segundo lo vi claramente hacia el sudoeste, donde más allá de la cordillera, se levanta Chiloé. Quizás haya molestado vecinos, pero mi grito de aliento fue para Ñankupel, el pirata williche que hizo justicia en Melinka y Las Huaytecas. En la novela de Valdez, su embarcación lleva  una curiosa bandera: un trapo rojo con la figura de una garza, parada sobre el hueso de un esqueleto. “Es la insignia de un pirata trabajador”, explica Ñankupel, mientras la arma. ¡Qué nunca te falte el viento! ¡Qué tu memoria hostilice siempre al sueño de los explotadores, pirata!

Hay canciones que suenan como la guerra| Por Adrián Moyano

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Seamos sinceros. Cuando en el siglo XXI decimos “canción de protesta” viajamos automáticamente a las décadas de 1960 o 1970 y nos imaginamos a un tipo o tipa, sólo munidos de guitarra y voz, más alguna armónica, en el mejor de los casos. La imagen no es del todo desacertada, pero en términos estrictos, las canciones de protesta sofisticaron su sonido con el devenir de las estéticas y los cruces entre el folk, el rock y otros universos sonoros. Sin ir más lejos, siete días atrás en esta misma columna, hablamos sobre “The revolution will not be televised”, un ráfaga de ametralladora contra la alienación no sólo televisiva que musicalmente, está muy cerca del funk y el soul.


El último domingo, el diario argentino Página 12 publicó una nota sobre “Even in exile”, flamante álbum solista de James Dean Bradfield, quien aprovechó una pausa en el trajín de Manic Street Peachers para despacharse con un homenaje a Víctor Jara. Al momento de idear esta columna, quien firma no había escuchado todavía la obra, una colección de temas inspiradas en el genio de Lonquén. Pero recordé que tenía ganas de hablar sobre la banda galesa porque precisamente, uno de sus temas la introdujo en la historia de la canción de protesta.


Cito la descripción del periodista especializado Dorian Linskey, a quien ya recurrí en varias ocasiones: “Es una canción acerca de los males del fanatismo –se martillean los nombres de Hitler y Mussolini-, pero suena fanática. Es como el informe final de alguien a quien se ha encargado de investigar las causas de una atrocidad y que, en lugar de aportar una serie de sabias y humanitarias recomendaciones, concluye que la peste moral campea a sus anchas y que la culpa es insondable. El cantante enuncia el veredicto final en un aullido estridente y distorsionado: “¿Quién es el responsable? ¡Tú eres el fucking responsable!” Se titula “Of walking abortion” y vuelvo a Linskey, “es sólo uno de los muchos momentos alarmantes en The Holy Bible”, el disco que la banda lanzó en agosto de 1994, es decir, 26 años atrás. El cantante de la banda era el mismo que hoy, saluda con su música al artista chileno. Un tanto en serio otro tanto en broma, en la Argentina los tangueros suelen decir que Gardel, cada día canta mejor. ¿Qué tanto me equivoco si digo que a medida que pasa el tiempo, la talla artística de Víctor Jara tiende a agigantarse? Pero vuelvo a Manic Street Peachers: el autor de la letra no era Bradfield sino Richey James Edwards, quien por entonces contaba con 26 años. Cinco meses después del lanzamiento, desapareció y nunca más se supo de él.


La banda nació en un pueblo minero del sur de Gales que sufrió una profunda crisis no sólo económica cuando el gobierno británico dispuso su cierre. El baterista, Sean Moore, primo de Bradfield, tocaba la trompeta en movilizaciones; el bajista que colaboraba en las letras, Nicky Wire, leía a Marx y Lenin, su primer poema se llamó “Después de 1984”, en referencia a la obra de George Orwell. Los cuatro habían abrevado en la tradición socialista de la región pero a mediados de los 90, pasaban por inadaptados y contradictorios. Además de los autores que ya mencioné, los muchachos admiraban a Burroughs en la narrativa; a Munch, Bacon y Warhol en el arte; a Ginsberg, Larkin y Rimbaud en la poesía y veían películas como “La ley de la calle” y “Apocalypse now”. “Cuando éramos jóvenes todo lo que queríamos era una banda que hablara de cuestiones políticas y nunca dimos con una. Todo era mero entretenimiento, canciones de amor que jamás cambiaron nada”, le dijo una vez a la prensa Edwards. Curiosamente, sus influencias más poderosas fueron Public Enemy y… Guns and Roses. La primera vez que tocaron en Londres, en 1989, una de las consignas que pudo leerse en sus remeras, decía: “Inglaterra necesita ya la revolución”.
Cuento corto: los Manic Street Peachers consiguieron sobrevivir a la desaparición de su compositor. En 2001 tocaron en Cuba. Cuando Bradfield le advirtió a Fidel que la banda haría mucho ruido, el comandante retrucó: “¿Más ruido que en la guerra?”. Los galeses habían cumplido su cometido: eran una banda que asumía posiciones políticas. Con respecto a Jara, dijo el músico en su podcast: “con los años se convirtió en una guía a seguir en todo el mundo, un tipo que creó una obra fascinante en un período de Sudamérica donde la derecha se manifestaba con mucha violencia. Y aun cerca de su final, cuando ya sospechaba todo lo que se venía, su música seguía siendo algo lleno de gracia. Eso realmente me impresionó. Me enseñó que siempre hay algo nuevo para hacer con una canción”. Y sumamos nosotros: no toda canción que protesta se limita a una guitarrita y una armónica. Hay algunas que se acercan a la guerra.

Por: Adrián Moyano.

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¡Chile! ¡No bajes las banderas!

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Si bien el grunge, el rock mestizo y la autogestión de los 90 dejaron marcas en el lomo de este columnista, debo admitir que culturalmente, más bien vengo de los 80. Contaba con 19 años cuando retornó la democracia a la Argentina a fines de 1983, consecuencia de la estrepitosa retirada militar después de la derrota en las islas Malvinas. Estudiante de Ciencias Políticas además, asistí al retorno de las movilizaciones, los actos y las campañas con expresión atónita, producto de la permanente sorpresa después de la larga noche que se había robado toda la adolescencia. La primera vez que escuché el cántico que auguraba el final de la dictadura fue en el estadio de Obras Sanitarias, por entonces, catedral del rock en Buenos Aires. Debió ser en algún concierto de Serú Girán, de Spinetta Jade o tal vez, de Milton Nascimento con el Negro Rada.

Cuando la primavera democrática ya había estallado, por varios años continuó la efervescencia militante y hablando de cánticos, hubo tres que hicieron que la mirada del joven se dirigiera hacia el oeste. Una tarde, en un acto al aire libre cuya consigna no recuerdo, escuché: “¡Allende, Allende, Allende no murió! ¡Lo mataron los yanquis…! Continuaba con un insulto que gracias a las compañeras feministas, ahora no vamos a repetir. Y sí, ya sé que por acá decimos Allende con “y” y que ustedes en Chile pronuncian diferente. En otra ocasión, me parece recordar que un concierto en el Luna Park donde más que rock sonaba canción popular sudamericana, unos compañeros más experimentados coreaban: “¡Chile, Chile, Chile! ¡No bajes las banderas, acá estamos dispuestos a cruzar la cordillera!” Ya era demasiado para el joven inexperto, que entonces empezó a preguntar a los más veteranos y a leer. Entonces supo de la vía chilena hacia el socialismo, de la Unidad Popular, del rol de la tristemente célebre ITT, de la CIA y sobre todo, de la continuidad de la dictadura. Simultáneamente, con las lecturas llegaron las canciones.

Por un período de cinco años aproximadamente, el rock hizo un paréntesis en mi banda de sonido original para que ingresaran las letras que hablaban de revolución, de Sandino, de Farabundo Martín, de darle tu mano al “indio” pero también de matanzas, allá en el norte de salitre y Sol despiadado. Cantaba de memoria “Plegaria de un labrador” y “El pueblo unido” y todavía las canto. Vino un par de veces Quilapayún a Buenos Aires y ahí estuve, en un teatro demasiado coqueto para tanta llamarada. Cuando del lado argentino empezaron los juicios contra los criminales de la última dictadura, mientras en Chile los horrores continuaban, el cántico pasó a mayores: “¡Atención, atención! ¡Toda la cordillera va a servir de paredón!” Creanme, quisiera cantar pero suelo desafinar y en “Sed y resistencia,  hay una estética que cuidar.

La última vez que estuve en Puerto Montt fue a comienzos de octubre del año pasado. Me habían invitado a presentar mi libro más reciente, junto al gran historiador de la Futra Willi Mapu, Eugenio Alcamán. Fue un honor compartir mesa con él, en una maratónica tarde de presentaciones y conversatorios. Estaba contento, porque además, un par de semanas después debía viajar a Santiago, para participar de “Amulepe. Primera Feria Mapuche del Libro”. Tenía que partir de Bariloche un miércoles para desarrollar mis actividades entre jueves y viernes. Pero la semana anterior Chile despertó y ante las medidas represivas que adoptó el gobierno, la feria se suspendió y luego, con el asunto del Covid19, quedó postergada eternamente.


Amigues de Décima Sinfonía: ¿saben cuántas veces tuvimos que escuchar del lado oriental de la cordillera que Chile era el modelo a seguir, que la economía chilena era pujante y que los tratados de libre comercio eran la panacea para sacar al país del atraso? ¿Saben hasta dónde nos tenían los neoliberales argentos con las administradoras de fondos de pensión y las desregulaciones? Somos muchos los que por acá, el domingo vamos a estar con la mirada puesta para el lado donde se pone el Sol. Somos muchos los que nos salimos de la vaina para votar “Apruebo + Convención Constituyente”, aunque seamos ciudadanos de otro Estado. Somos muchos los que queremos ayudar a cavar la tumba del neoliberalismo y a parir una constitución plurinacional. Somos muchos los que hoy como ayer, pedimos: “¡Chile! ¡No bajes las banderas!”.

Por: Adrián Moyano.

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